Cuentos, cuentos cortos, cuentos cortísimos y relatos, del escritor electrónico chileno Jaime Fariña Morales, extraviado en el horizonte.
martes, 9 de diciembre de 2014
CORAZÓN MÁRTIR
La familia Gabillón es de alcurnia, de la cúspide. El padre, don Benjamín, era un hacendado, exportador y accionista pesado de un banco, entre otros tantos, en el cual trabajaba de sol a sol como ejecutivo buscando inversiones, nuevos negocios y productos en cualquier sector de la economía. Pertenecía a la lista de los diez hombres más ricos del país y a uno de los grupos financieros e inmobiliarios que movían los hilos de la amada patria. Eran el verdadero poder y La Moneda era solamente el eterno cómplice, sin importar quien residiera temporalmente allí. Poseía un importante y grueso portafolio de activos, sobre todo en la supuestamente impredecible bolsa de valores. Él no solicitaba información privilegiada, la daba. Su palabra equivalía apostar a ganador. Una de sus misiones era mantener una gran amistad con los gobiernos y políticos de turno y colaborar en lo que fuera posible, siempre que la aberrante sombra del estatismo o populismo no aparezca. La demagogia es el caos. Los resentidos terminan devastando lo que tocan. El primer aporte de una doctrina basada en la rabia es la ruina moral. Sin sobresaltos, sus hijos e hijas se casaron con el tiempo en la misma parroquia y con confiables sacerdotes del Opus Dei o equivalentes, hasta que apareció el séptimo hijo que fue hija, el conchito, que resultó ser una preciosa y rizada señorita, que fue bautizada con el nombre de Isidora Ignacia, el año 1965. Tenía ocho años de diferencia con su hermana inmediatamente mayor. A la Isidora la malcriaban sus padres, sus abuelos, sus hermanos, sus tíos, las nanas y el resto del planeta. En cierta manera empezó a ser una niña insoportable y excesivamente caprichosa desde la cuna, y eso trae sus derivaciones. Cuando era tozuda era inaguantable. El padre se sometía con fluidez y babas a las más singulares extravagancias de su postrer retoño. Isidora estudió en el exclusivo colegio “Las devotas de María”, en la que le enseñaron sobre el apostolado de ser una madre piadosa y una abnegada y fiel esposa, según los estrictos dictados de la Madre Iglesia, y los propósitos de la familia, aunque ingresara a la universidad. El primer requisito de las alumnas es ser damas compasivas y comportarse como tales en todo instante y lugar, con una profunda fe en Dios, María y los santos correctamente canonizados. Don Benjamín se airaba con los anarquistas, contestatarios, rebeldes, rojos, rencorosos, ateos y libertinos, a los que él consideraba la escoria. Si uno de sus hijos hubiese optado por este desgraciado camino del mal habría sido desheredado en tres tiempos. Naces como un católico conservador y te mueres así y punto. Amas a Dios, a la patria y a la familia hasta las últimas consecuencias y punto. No explores otras definiciones de patria con ateos y traidores. Don Benjamín se incomodaba con los sermones del evangelio social y transformador que oía en alguna homilía oficial de vez en cuando. Algunos presbíteros colorados le generaban recelo. No hay un milímetro de espacio para los licenciosos, insurrectos o cuestionamientos. La primera comunión de Isidora Ignacia fue un acontecimiento de la alta sociedad. Y si bien en la secundaria había besado sutilmente en secreto a dos jóvenes a ella le gustaba su vecino cercano Faustino, que si bien era de muy buena situación económica, no se podía comparar con los Gabillón. El guapo Faustino e Isidora hicieron juntos la confirmación e iniciaron un romance secreto, con la reservada venia posterior de la madre, doña Matilde. Faustino no hizo la Confirmación a su debido tiempo y aprovechó la coyuntura para conocer más a Isidora, en las clases de preparación en la parroquia. El primer beso fue una larga batalla, tanto, que le compró una canción. Ella, con sus dieciséis años disimulaba muy bien su profundo y juvenil amor, como la señorita que era. El apuesto y respetuoso Faustino, hostigado por varias féminas, no ocultaba en ningún minuto su amor y profundo fervor por Isidora y la cubría de elegías y adulaciones, hasta acomplejar a Bécquer. Doña Matilde, supernumeraria del Opus Dei, la autorizaba a salir siempre que fuera con otras amigas, en grupo, y a lugares y con horarios apropiadamente inspeccionados, y con discreción. Algunas millonarias eran algo modernas o progresistas, ella no, nunca. Al primer desliz o bobada Isidora se queda sin admirador y sin nada. Su santa madre la veneraba, mas en cuestiones de principios no transaba jamás. Obviamente el pololeo de ellos era acotado. La antojadiza Isidora sabía que terreno pisaba en toda hora y lugar, y el diplomático Faustino se adaptaba con tal de consentir a la que el veía y soñaba como su futura esposa. La consentida joven era, en general, coqueta con él. Después de un año juntos varias veces se habían manoseado con cierta pasión sin llegar a mayores, sin corolarios que lamentar, en el automóvil especialmente, cuando se quedaban solos. Es que físicamente no estaban muchas horas solos. Las restricciones brillaban. Un día cualquiera del verano de 1983 Faustino golpea la puerta de su amada y la encuentra sola en su casa, cosa rara, sin nanas y sin su madre, que fue a un herbolario con cierta urgencia, por media hora. Isidora se abalanzó sobre él y lo besó fogosamente y él, que intentaba ser recatado por miedo a fallecer en la hoguera en manos de sus suegros no resistió más y respondió con una desordenada efusión y le tocó todo y le dio besos donde cayeran, ciegamente. La resistencia apostólica y mariana de ella fue nula, es más, la primera iniciativa libidinosa es de su autoría. En medio de los palpamientos impúdicos e impetuosos Isidora escucha el sonido de la reja o puerta externa de su casa y se acomodó la ropa en cinco segundos y se sentó en la escalera de afuera con su galán enamorado, presurosamente. Si se demora más de la cuenta en poner las prendas en su sitio hoy Isidora estaría posiblemente excomulgada y denigrada por su familia.
-¿Qué haces en la escalera? ¿por qué no haces pasar a Faustino? –pregunta una extrañada Matilde.
-Mamá, no hay nadie adentro y decidimos esperarte aquí. Faustino ya se va, sólo quería darme un regalo –señala Isi.
-Eso me parece prudente. Chao Faustino, que te vaya bien.
-Hasta luego señora Matilde.
La joven lo acompaña hasta la puerta del patio y se despidió de él con un débil beso en la mejilla. A Isidora le gustaba mucho Faustino, de pies a cabeza, desde que lo vio. No podía gritarle al viento su hondo amor, tampoco a su mamá. Estaba atrapada en un amor juvenil, idílico, tal vez algo enfermizo. Ella era veleidosa e pueril y eso no ayudaba en nada.
En el refinado club Vitacura los jóvenes del barrio alto se juntaban con sus familias para celebrar navidades, fiestas patrias, cumpleaños y otros, y generalmente Isidora era el centro de mesa, la estrella, ya que además, bailaba bien y era agraciada. Algunas féminas la detestaban en silencio. Desde niños nunca faltaron Faustino y Guillermo, que eran siete años mayor que ella. Estos dos eran los partidarios más destacados, entre tantos. Ella disfrutaba siendo una muñeca presumida y tenuemente provocadora. Tanta vanagloria traería consecuencias. Guillermo Prado no se quedaba atrás en odas y alabanzas, aunque su atractivo era más limitado. En la navidad de 1984 don Benjamín lanza en su casa una bomba de racimo que Matilde presentía, por el perfil de los reiterados comentarios de su cónyuge, de los últimos meses, y que no fue posible soslayar.
-Querida esposa, si Isidora se casa con el ingeniero Guillermo uniremos las fortunas de los Gabillón y los Prado y seremos así los accionistas casi mayoritarios del banco Lemet. Imagínate casi el 40 por ciento de las acciones y de otras inversiones quedarían en las dos familias. Es por lo que mis padres y yo batallamos la vida entera. Difícilmente hallaremos un futuro más esplendoroso. Isi cumplirá con el sacro deber de una Gabillón, con prestancia, sin cursilerías, lo sé, lo sé – expresa un emocionado padre, que planificaba un matrimonio por conveniencia soterradamente, casi involuntariamente. Estaba vendiendo a su hija al mejor postor, pensando en grande.
-Benjamín, tú sabes que Guillermo la ha perseguido con energía siempre, mas ella no lo ama, sólo lo valora como un buen amigo. Un matrimonio forzado no resuelve nada –replica ella.
-Isidora Ignacia, con sus sacramentos al día, no ama a nadie, no está comprometida con nadie. Tú la has cuidado bien y está oportunidad no la dejaré pasar. El amor vendrá con el tiempo. Mi bisoña hija tiene un deber sagrado que cumplir, reitero, y esto siempre va primero. Prevalecen los intereses de nuestro apellido. Hay decenas de millones de dólares en juego y más, en los años venideros. Dependemos de este matrimonio y una Gabillón no eludirá su responsabilidad. Obviamente tengo tu total apoyo, sin duda alguna. Ya hablé con los padres de Guillermo y también entienden que hay muchísimos activos en juego. Además el inteligente Guillermo tiene pensado realizar grandes inversiones y proyectos en muchas áreas. Es una mente brillante, inquieta, ambiciosa. Es un Henry Ford. Matilde, tu compromiso moral es explicarle a Isi el sabroso, espectacular e insuperable escenario financiero y familiar que estamos construyendo. Esta oportunidad no se presentará dos veces –señala Benjamín con infinita alegría y expectación.
-Benjamín, no será muy apresurado. Isi va a cumplir recién diecinueve años –indica Matilde tratando de postergar la fija boda.
-Esperar más tiempo, ¿para qué? Para que se enamore de un aventurero, de un hombre de patrimonio limitado, de un trepador encubierto, de un emprendedor de última hora. Matilde, ¿escondes algo? ¿Guillermo es muy feo?
-¡¡No me ofendas!!, tú sabes que soy transparente y que te apoyo en lo que sea beneficioso para la familia. Guillermo no es feo y es varonil –contesta así obligadamente y levantando la voz, por ser una encubridora en peligro.
-Mis otras tres hijas se casaron muy bien, mas la boda de Isidora hará historia. Invitaremos a toda la aristocracia criolla. Si hasta la esposa del general Pinochet me señaló que le encantaría asistir a la boda del siglo, en una conversación distendida que tuvimos en La Moneda. Mi general está ocupadísimo, tal vez no asista. Sólo falta el garante sí en el altar de mi hija y programa cerrado. A ella le he dado de todo, no me fallará. Matilde, encárgate de todo lo sentimental y yo de lo económico. Necesito de tu absoluto apoyo en estas semanas decisivas, sin titubeos – sentencia el patriarca de los Gabillón, que con convicción y perspectiva juega sus fichas.
-Benjamín, yo te ayudaré con la boda del siglo, con la vehemencia acostumbrada. Esto nos conviene mucho y es un premio a tu infatigable lucha por nosotros, la sagrada estirpe. Ambos son los herederos perfectos del reino.
-Gracias esposa mía por comprender rápidamente y colaborar siempre. ¿Qué haría sin ti?
Matilde le permitió pololear en secreto a su hija y afrontará las ramificaciones de los besuqueos, porque la mimada Isidora estaba enamorada de verdad y empecinada con su galán. Eran demasiados los millones de dólares en inversiones jugosas y ella no le iba a cerrar la puerta de una prosperidad obesa a la familia por un amorío adolescente pasajero. Isidora entenderá el contexto y asumirá con altura de miras su obligación, seguramente. Cualquier afán o muchachada será desestimado. Se lo explica a su hija con pinzas, en su lujosa habitación de soltera.
-Isi debo conversar contigo un asunto delicado –el rostro se le empalidece.
-Dime mamá, ¿qué sucede? –Isi algo sospecha, por las señales de los últimos meses y los obsequios lisonjeros y caros de Guillermo.
-Hija, sin rodeos, tu padre y los Prado han llegado a un gran acuerdo. Ellos están convencidos que el glorioso futuro pasa por tu matrimonio con Guillermo. Tú estabas al corriente que un acontecimiento como este llegaría, y el joven Prado te adora.
-Mamá, ¡se volvieron locos! Yo sólo amo a Faustino, y si bien el educado Guillermo es un buen pretendiente, es mi amigo y nada más. ¿Cómo me voy a casar por dinero? ¿soy yo una acción de la bolsa de valores, una dama de compañía de alta tarifa? Es increíble que no participe en la decisión más importante de la vida de una mujer. Me están enviando a un matadero.
-Es un amigo que te ama, que ha insistido contigo. Faustino se ha interpuesto en cualquier relación que pudiste haber tenido con él. Le bloquearon toda posibilidad a Guillermo, y yo soy un poco culpable. Faustino es de clase alta y nosotros de la cúspide. Somos distintos.
-No amo a ese tipo mamá, no me casaré con él. Prefiero morir, huir. Mándame a estudiar al extranjero cualquier carrera. No soy moneda de cambio.
-¡Isidora Ignacia, mantén la compostura de una señorita de tu clase! A tu padre no le haremos escenas y menos un escándalo. En esta existencia que es dura, tenemos que ceder, por un bien mayor. Guillermo te va a pedir tu mano en un mes más. Ambas familias estamos dichosas. Tu primera obligación es terminar secretamente con Faustino explicándole los detalles y el nuevo contexto. Él comprenderá todo, créeme. Es un muchacho inteligente. Hoy, Benjamín y tus seis hermanos cifran sus esperanzas en ti, en que actuarás rectamente, por el beneficio nuestro. Tus hermanas hicieron algo parecido, con el visto bueno de tu papá. Cada oveja con su pareja. Fuiste educada para este día.
-¿Y quién se preocupa de mi beneficio emocional?
-¡Malcriada egoísta!, hemos pensado siempre en ti. Y esta boda a la primera que beneficia es a ti. Tus hijos serán tan o más importantes que tu propio padre, si te conduces con sabiduría y prudencia. Vas a ser una de las mujeres más importantes de la república. Reflexiona en profundidad sobre el devenir de tus hijos. Te hemos dado lo que has solicitado, una y otra vez. Has sido una agasajada insoportable muchas veces. Tu padre ha sido tu aliado y protector ferviente, a veces en contra mía. Hasta he discutido con tu padre por la forma exagerada en que te regalonea. ¡Primero está la familia!, el porvenir de la sangre. ¡Vas a vivir como una princesa!
- Por favor mamá, ¡ayúdame! Yo amo a Faustino y mis hijos con él van a ser felices. Busca una triquiñuela. No ansío ser una princesa afligida.
-Toleré tu amor juvenil. Te comportarás como una Gabillón e irás al altar de la mano de Guillermo. Si desilusionas a tu padre o le rompes el corazón yo misma te moleré a palos. ¿No te gustó jugar a ser coqueta con Guillermo? ¿no te gustó jugar a enamorar a los hombres? Pues bien, lo lograste y este año pagarás la factura. Guillermo te ama y tu padre y los Prado ya prepararon el evento del año. El mundo de los negocios es cruel. Autoricé disimuladamente tu amorío, confiando en ti, en tu criterio, llegada la hora cero. Coquetearás con Guillermo cada día de tu vida -concluye Matilde, melancólica, irónica y enfadada.
Matilde lloraba en el más imperioso silencio la desdicha genuina de Isi, mas no eludirá su compromiso con el bienestar global. No prevalecerá el sentimentalismo, los anhelos liceanos. Ella organizará la mejor boda que la alta sociedad haya visto, por amor a los suyos y a su abnegado marido. A su benévolo Benjamín no lo va a desencantar, por ningún motivo. Isidora ya se acostumbrará a su holgado destino. Nobleza obliga. Son los costos de la cima.
Isidora maduró por medio de un golpe brutal. Está clara que es la heredera a un trono mercantil que muchas envidian y si decepciona a su padre y familia es el fin, más el insoportable deslustre público que derrumbará al patriarca. Ella en varias oportunidades floreó con Guillermo, entre otros, como la niña mimada que era, generándole inconscientemente expectativas románticas desproporcionadas y artificiales. Le resultó gravoso ser aprendiz de vampiresa. Pues bien, está locamente enamorado de Isi y pedirá su mano aunque tenga que mover el cielo y matar dragones, y ella le aceptará con decoro y contenta, como parte del aciago guion. Don Benjamín cree que el joven Prado va a ser su primer amor o romance, y el único. Isidora se prepara adecuadamente como una Gabillón a posesionarse de su tarea dentro del quisquilloso clan, sin devaneos. Don Benjamín no toleraría otra cosa, perdería la razón. Ha trabajado como una mula por una jornada gloriosa como esta. Su primer dramático paso es hablar con el hombre que ama, con Faustino en el cauteloso café “La Gaita” de Las Condes, con la poca entereza disponible.
-Faustino, mis padres han arreglado mi matrimonio agudamente. Conjeturan que lo mejor es que yo me casé con Guillermo y consolidar y acrecentar así el patrimonio de los Gabillón y de los Prado. Te amo y estoy desesperada. Beber veneno va contra mi fe. Esto es una chifladura –intenta explicarse entre lágrimas.
-Prado continuamente te ha perseguido y posee un capital en cientos de millones de dólares. Comprendo la decisión racional de tu padre, que supone también que Guillermo va a ser tu primer pololo y único novio, y que por eso no ve ningún tropiezo en tu corazón. Estoy seguro que perderé la chaveta –dice un abrumado Faustino, que sospecha lo peor.
-Dime Faustino, ¿qué haré? ¿huir? ¿huir contigo?
-Si huyes conmigo deshonrarías a tu madre y a todos los Gabillón, y yo no permitiré una indecencia como esa. El desprestigio sería eterno. Mi única salida es llorar como un niño y desearte cabal felicidad. Yo soy adinerado, lo sé, mas al lado de los Prado soy sólo un pyme exitoso. Ellos son banqueros. La banca mueve el mundo y el caso está cerrado, lamentablemente. Debes ponerte el traje de novia, marchar al altar, casarte con él, hacer dichoso a tu padre y consumar los deberes reales de una Gabillón, como dice tu madre, sin dramatismos. Yo intentaré no suicidarme. Cuando escuches nuestra canción “Una lagrima sul viso”, de Bobby Solo, que una vez te dedicara, acuérdate de mí, por favor, es lo único que te pido. Marcharé cabizbajo al monte de los lamentos –Faustino lo explica con valor e impresionante realismo, llorando con mesura y facilitándole de esta manera las cosas a la mujer que idolatra. La canción italiana describía, también lo que le había costado besar por primera vez a la escurridiza Isidora Ignacia, según él.
No hubo muchas palabras más, esquivando una tragedia griega mayor. Ella le dio un fuerte beso en la boca, el último, en la escalera del café. Él perdió la batalla y emprender una retirada digna y resuelta era lo aconsejable. Pelear con la banca es inadmisible. La pesada y brusca realidad, tarde o temprano, nos visita. Un violento rayo del cielo los despedazaba sin misericordia alguna. A Faustino no lo sirvió de nada ser adinerado, joven, profesional, laborioso, inteligente, católico, guapo, complaciente, educado, simpático, tierno, sano y ser amado por la involucrada. En algunas ocasiones tenerlo todo no sirve de nada. Las ambiciones ajenas te trituran. En las batallas del amor muchos soldados han caído, algunos miserablemente. Faustino camina con la frente en alto, con sus dignas heridas de guerra porque se entregó por completo.
A la semana después Guillermo asiste a una cena que Matilde preparó con abnegación con el propósito de acercar los intereses comunes y a los dos jóvenes, que conversan entre sí en un pequeño balcón preparando casi espontáneamente su acontecer. La conducta de la señorita Isidora será intachable. No hay lugar para sensiblerías o salidas de madre. El exabrupto no existe.
-Isidora es un placer estar al lado de una estrella de cine como tú, espero que te hayan gustado mis versos y obsequios. Puse en ellos todos mis bríos, aunque me queda claro que tu belleza empalidece cualquier obra de arte –expresa un iluminado Guillermo.
-Una vez más te comportas como un duque. Eres un trovador talentoso y agradezco tus bellos halagos y regalos –responde ella con respeto y un afecto restringido.
-Isi, concédeme el privilegio de aceptarme una invitación al cine este fin de semana –lo expresa cruzando los dedos.
-¿Al cine? no veo ninguna dificultad. Me agrada el cine. Tendrías que pedirle permiso a mi papá –ella inicia su rol, a duras penas.
-Sospechaba que te agradaba el cine. Voy de inmediato donde tu padre, ipso facto.
El joven Prado se dirige hacia donde don Benjamín lleno de dicha.
-Don Benjamín, autoríceme a ir al cine con Isidora. Ella ya me concedió el placer de aceptar mi invitación, por favor –dice el cortejador con una impresionante formalidad.
-Por supuesto mi querido yerno, no faltaba más. Con un hombre distinguido como tú mi regalona Isidora asistirá encantada al cine y a donde ustedes quieran. Además, ustedes dos hacen una pareja fenomenal, se los digo desde ya -exclama con regocijo el patriarca, mirándolos.
Durante un mes frecuentaron el cine, el teatro, el ballet, centros deportivos y veinte lugares más. Matilde pensaba que con tanto paseo Faustino desaparecería de la mente de su antojadiza última hija. Al menos él hacía más que gustoso su papel de futuro novio y cónyuge, y se le declara a Isi, sin fanfarria.
-Isidora Ignacia, te lo he dicho por escrito y verbalmente, y de todas las formas posibles. Me gustas desde siempre. Te amo con locura sublime. Te ruego que aceptes ser mi esposa – expresa un nervioso Guillermo, que ya no aguanta más.
-Has sido cariñoso y educado conmigo y he aprendido a quererte y a valorarte. Me da la impresión de que no estoy enamorada de ti. Hablo de ese amor del que se alimentan las bodas ciertas –es una acotación clara de parte de ella, una notificación honesta, una profecía.
-Con el que me quieras me sobra. No le pido más a la vida. Con el tiempo vendrá el amor que falte. Cásate conmigo, te lo suplico, te lo imploro –insiste el pretendiente invencible.
-El riesgo es elevado. Tú eres una mente brillante, analiza exhaustivamente tu proposición. Y si ese amor que falta no llega nunca, ¿qué haremos? ¿Y si somos unos desdichados? -consulta ella con dudas a un indoblegable galanteador, como presintiendo algunos sobresaltos en los bienios que se vienen.
-Ese amor llegará, te lo prometo. Poseo la suficiente fe y ganas. Yo me encargaré personalmente. Te suplico que te cases conmigo. Contigo quiero construir una familia y un imperio vigoroso. Sin ti estoy acabado, la desdicha contigo es imposible – el pretendiente, que no atiende otras voces, va a perseverar hasta el fin de los tiempos, definitivamente, porque Isidora lo tiene embobado, idiotizado, y no es una exageración. Ella aporta la indiferencia y él un amor extremo.
-Entonces, ¿nos casaríamos bajo tu responsabilidad?
-Sí, bajo mi total responsabilidad.
-Bueno, si aceptas las condiciones y hasta estás dispuesto a esperarme con esa tanta fe, sí, acepto ser tu esposa –contesta Isidora, subyugada por las circunstancias y los compromisos externos que no rehuirá, regalándole una sonrisa fabricada a pulso, con el rostro de su padre flotando en el aire. En él el pesimismo está fuera de foco, es irreal.
Ella intentó sutilmente de que él no le ofreciera matrimonio, con ademanes, gestos y vocablos de emergencia. De esta forma no tendría que justificarse ante su padre, por una mano que no le requirieron, y Faustino reaparecería, en gloria y majestad, se supone. Era un imposible, Guillermo estaba estupefacto con su Julieta. Ella pagaba por su vanidad atolondrada, por ser centrito de mesa. Isidora Ignacia cumplió con los anhelos y cálculos de su querido padre, y esta boda lo llenaría de una total dicha. Matilde se somete a los designios del destino, que era lo habitual en ella. Isidora es la primera en entregar la noticia. Al ingresar a la casa ve solo a su padre y sin rodeos y con un entusiasmo dudoso le entrega los detalles de lo acaecido de una.
-Papá, Guillermo Prado me pidió matrimonio hoy. Le dije que sí.
Don Benjamín estalla de alegría: ¡Matilde, ven, ven rápido!
-¿Qué pasa Benjamín? Salvaguarda la compostura, por favor –le ruega la esposa.
-Matilde, Guillermo y la Isi se van a casar, ¡se van a casar! Hay que comunicárselo al mundo. Compraré inserciones en los diarios de la capital, los invitaré a todos. Hija mía, me haces inmensamente feliz, más que tus hermanas –Benjamín está desatado, de júbilo.
A las dos semanas después Guillermo pidió la mano de Isidora ante sus suegros, con la presencia de sus padres, en una ceremonia que parecía de Estado. Los pasos ya estaban dados, correctamente, bajo la supervisión directa y persistente de Matilde. Se viene la boda del año, o del siglo, según el entender del bienaventurado patriarca.
En mayo de 1985, Guillermo Prado e Isidora Ignacia Gabillón se casan en un templo de Vitacura, en la cual se invitó a la aristocracia criolla, al jet set, con una fiesta de lujo que fue inolvidable y carísima, y de repente entre tanto invitado distinguido ingresa la primera dama.
-Isidora, te entrego este presente en nombre de mi marido y mi familia. Esperábamos este gran acontecimiento. Ustedes dos se ven preciosos y son todo un ejemplo para nuestra juventud. Disculpa que esté un poquito corta de tiempo.
-Muchas gracias por concedernos el honor de aceptar nuestra invitación señora Lucía. Salude al señor Presidente de la República por favor, a mi presidente, de parte de nosotros.
Faustino desde un segundo piso del templo observó como el amor de su existencia le daba el sí perpetuo a un hombre que no amaba y no asistió a la fiesta porque no correspondía, aunque envió un hermoso regalo. La relación de Matilde y su hija nunca más fue igual por un largo tiempo. Ella sintió como una apostasía la actitud de su mamá. Isi tuvo dos hijos varones y dos hijas y Faustino después se casó con una mujer bella que terminó siendo una espectacular esposa. Y Ya era 1992, con plena democracia en Chile. Mucha agua había pasado bajo el puente. Isidora dormía con su marido sin pasión. Ella suponía que cumplía con sus deberes maritales porque no se le negaba, y en parte así era. No le inventaba excusas o dolores de cabeza. Tal vez de tanto pensar en su amor prohibido apegada a su almohada apagó el fuego necesario que nunca tuvo por su cónyuge. A Guillermo lo atrapaba cierta timidez. Deducía que no era correcto ser agresivo o audaz en el lecho marital con una dama y más su frecuente eyaculación precoz producto del estrés bancario y mercantil, dificultaba la intimidad. Ciertas tradiciones religiosas puritanas o de los acomodados no eran una aportación. Tampoco el diálogo sexual entre ellos era fluido porque esa época era recatada y beata todavía, en ciertos sectores. Y no ventilarían su lecho conyugal con un sexólogo o sicólogo. Todo mal. De vez en cuando ella conversaba a tajo abierto y teatralmente, con su beata almohada, y con absolutamente nadie más.
-Cuando estoy con mi esposo, en algunas oportunidades presumo que estoy con mi antiguo pololo y vecino Faustino. Me da la impresión de que mis formales relaciones sexuales no van a ningún lado, que son el inicio de nada. Me cuesta ser caliente. Que la procreación sea el propósito más determinante en los casorios me parece horrible. Como los sacerdotes no se casan, jamás me comprenderán. No solicitaré el sacramento del perdón. No creo que la búsqueda del placer excesivo sea una obsesión impía que ofenda al sagrado sacramento del matrimonio. Este entumecimiento interno, este hormigueo, me va a perforar, si es que no enloquezco antes. Me acuesto y me levanto vacía del coito. La mayoría de las veces no alcanzo a empezar y cuando me he excitado unos gramos él termina y se da la media vuelta. Mi marido cree que se desempeña bien y jamás toma posesión de mí –dice ella, alarmantemente escaldada.
-Si no te obsesionaras tanto con Faustino e intentaras recomponer la lubricidad con tu esposo poniendo de tu parte ardor y voluntad, tal vez tu escenario cambiaría. En un tango se necesitan dos. Manoséalo más, con gemidos actuados, como comienzo. Pienso que dentro de él hay un buen amante, pero debes ayudarlo tú, con algunas iniciativas sensuales. Pídele un milagro a la Virgen de los Milagros, en tu próximo viaje a España –le responde la almohada.
-No hay romanticismo, mi esposo no me estimula, no me persuade. Es respetuoso y atento conmigo y es claro que suavemente intenta agradarme. Eso lo reconozco. Es que él nunca me posee, nunca me rapta, es como si me tuviera un poco de miedo. Tal vez estoy condenada a no amarlo nunca, a desearlo poco. Es terrible –expresa una patética Isi.
-¿Y no has evaluado tú estimularlo a él? Salva tú misma tu matrimonio –le argumenta la almohada, algo molesta.
-No sé si esa conducta sea propia de una dama. La iniciativa es del varón, creo. Hasta se malinterpretaría el que sea yo quien lo desvista con agresividad. A veces me gustaría ser belicosa en la cama con él, y siempre hay algo que me detiene, siempre –recalca una afligida Isidora.
-Lo que no corresponde a una dama es fornicar descarada y mentalmente con el ex noviete, con tu fruto prohibido. Y sí es propio de una mujer avispada intentar llevar con astucia femenina un poco de erotismo a la alcoba. Tus orgasmos aparatosos en sueños con Faustino son una indecencia. Estás fuera de lugar. Eres una impenitente. Tienes un pie y medio en el infierno – señala una almohada enojada, con el rosario en la mano.
-¿Y qué haré con mis pezones rígidos? – consulta ella.
-Ponerlos sobre Guillermo con algún estimulante –concluye el cansado cojín de cabecera.
-Mi marido me ve como la madre de nuestros hijos, como una devota de la Virgen de Andacollo, no como a una hembra a la que desea perversa e impetuosamente. Él se refrena también. Creo que esa es la semilla de mi insatisfacción sexual demencial. También he deseado que mi marido me viole –plantea Isidora, que porta dentro de sí una ninfómana que no se ha destapado.
-Si la energía que le entregas a tu amor platónico la traspasaras con furia a tu cama serías una señora feliz con tu esposo pasado algún tiempo, niña infantil. El fuego sexual en una mujer es normal, no te asustes. Tus esfuerzos son nulos. El erotismo dentro del matrimonio es un placer bendecido por el Creador. Siempre fuiste una mujer caprichosa que obtenías lo que apetecías, absolutamente todo lo que querías, y como Faustino ya no es de tu propiedad, ambicionas volver a tenerlo, porque lo ansías, con una paranoia impresentable. Y si tu exvecino no existiera seguramente aspirarías a otro, porque tu alma es amiga del trapecio. Cuando eras soltera lo despreciaste desahogadamente, varias veces. Los varones te rogaban –le replica la almohada.
-Se casó después sin avisarme y es verdad, nunca le dije todo lo que sentía por él, porque especulaba que no correspondía. Lo nuestro era un amor juvenil puro. Además la mujer bonita era yo y él era solo un admirador más, el más apuesto, al que terminé amando en demasía y tontamente. Cada día que pasa lo codicio más. Últimamente algunas semanas me imagino con él, baboseándolo. Es una inmoralidad el solo sospecharlo, mas supongo que amo a Faustino, que siempre era tan tierno, guapo y educado. No iré al siquiatra. Si el prelado de la Obra supiera lo que realmente soy y siento por mi exvecino me quemaría en la hoguera a fuego lento. No sé lo que realmente sucede en mí –señala Isi.
-Ese pecado no se lo confieses a nadie, menos a ese párroco que te mira con ojos de sapo, con el falsificado disimulo de las sotanas lascivas – expresa la almohada.
-¡Estás loca!, mis ofensas al Señor no existen, son virtuales. Lo que me sucede es que en los momentos cumbre de mi insatisfacción íntima me acuerdo de él, a veces, y mi ser interno zapatea desfachatadamente. He fantaseado que me abalanzo sobre él desnuda –Isi se descarga sin pudores.
-Eres una desvergonzada –le contesta el cojín.
-Yo diría que soy una inmoral. Varias veces he soñado que lo secuestro y que nos vamos un fin de semana a un valle a desatar el volcán que vive en nosotros, o al menos el que vive en mí.
-Estás cada día más enferma –le replica su amiga de género blanco.
-Sí, estoy desvariando y mi ser arderá en las tinieblas. Seguramente me estoy enfermando de algo. También he considerado seriamente como posibilidad el que esté poseída por Satán, por la obsesión que me guía. El purgatorio no me servirá de nada y ni siquiera me puedo confesar. Moriré con esta llama dentro de mí. Espero no descomponerme. Deshonrar a mi familia sería un crimen y la excomunión mayor –concluye escolásticamente Isidora Gabillón.
-Por favor, por favor, no lances tu trasero por el ventanal. Que no te tiemblen las piernas. Mantén la dignidad y actitud de una señora casada, de tu clase –le aconseja la almohada, que ya presentía algún revés.
-Tal vez mi único problema es que soy anormal y simplemente no lo reconozco. Estoy mal de la cabeza. Estos silenciosos soliloquios me van a pulverizar –remata Isidora.
Después de sufrirlo todo, de cuidar las formas adecuadamente, de intentar comportarse como una señora educada de “Las devotas de María” por años, se decide a llamar a Faustino a su oficina sin medir los desenlaces, aunque el presbítero la estigmatice. Ya no da más, el piso se le mueve. La vida es una y breve y ser una heroína de la desdicha por guardar las apariencias era ridículo. Hastiada opta por ser audaz e imprudente, juguetona. Era mayo de 1992 e iba a celebrar su séptimo año de matrimonio, como era lo acostumbrado, porque se trataba de ella, y se lanza al vacío.
-Aló, ¿estará don Faustino?
-De parte de quién señorita –pregunta la secretaria del gerente general.
-De parte de “una lacrima sul viso”.
-Disculpe, no entiendo nada, está bromeando.
-No se preocupe señorita, don Faustino va a entender de inmediato quien soy cuando le indique esta canción italiana.
-Espere un momento.
La secretaria le indica al gerente que una misteriosa señorita se presentó por el teléfono con el título de una canción italiana de Bobby Solo. Faustino comprendió ipso facto y se comunicó con ella en un tris.
-Aló.
-Hola Faustino.
-Isidora Ignacia, ¿eres tú? –su llamada lo impactó.
-Sí, Faustino, soy yo –ella tiembla por dentro, como una quinceañera.
-¿Cómo está la mujer más hermosa y escultural de Santiago?
-Aquí estoy, casada, con dos hijos y algo tristona. ¿Cómo está el galán de Vitacura?
-Aquí estoy también, intentando hacer crecer mis empresas. Me va bastante bien.
-No me extraña, también eres un tipo inteligente e intuitivo. Siempre se aprende algo conversando contigo –lanza su indirecta provechosa.
-Obviamente parlotear contigo es un deleite. Me gustaría hacerlo en vivo y en directo. ¿Puedo invitarte un café? ¿qué te parece?
-Sí, invítame. Será todo un agrado –acepta de inmediato, sin volteretas.
-¿Qué te parece en “La Gaita”, mañana viernes a las cuatro de la tarde?
-Ahí estaré mañana, a la cuatro –lo expresa en estado de pánico y segura.
Ella pasó la noche del jueves entre el miedo y la sensualidad, entre un romanticismo insensato y la lujuria, entre el pecado y el placer carnal. Si alguien se entera de un desliz de la señora Isidora sería un cataclismo. Ella le temía más al descrédito que a una eventual infidelidad. Se acicaló adecuadamente y fue puntual. Faustino, era un hombre de familia con reiteradas aventuras extramaritales. Era rico, joven, guapo y simpático, y le llegaban ofrecimientos femeninos de muchos lados, y aceptaba algunos, en la hora de almuerzo. Ya no era el joven que Isidora conoció, definitivamente. Eso sí, amaba a su esposa Trinidad a morir, sin vacilaciones, sin soliloquios. Él la esperaba sentado desde hace quince minutos. Pidió un lugar más reservado en la vieja “Gaita”. Ella aparece, relumbrante.
-Hola Isidora, te ves estupenda como siempre.
-Hola Faustino, te ves como el guapetón que eres.
-Ya no, he subido unos kilos, a pesar del tenis.
Hablaron de todo lo cotidiano, de sus penas, por cincuenta minutos, e Isidora no podía disimular su amor, su apetito o lo que fuera. Faustino, de tanto acercársele le dio un beso que la elevó a las nubes. Ella le respondió con una fogosidad desbocada que terminó en un motel discreto y elegante que él conocía de memoria. Era un habitué. Ella entre tanto manoseo y pasión derramó algunas lágrimas insignificantes, como si fuera una joven enamorada tonta. Ya no la torturaba ninguna almohada estúpida. Él no iba a desperdiciar el acariciar e intimar con una mujer hermosa, aunque a ella le vinieran reminiscencias juveniles. Ella era un cráter que explosionó a gusto y con descaro. Rejuveneció, carcajeaba sola. Tomando las máximas medidas de seguridad se empezaron a visitar casi todos los viernes después del almuerzo, con juegos eróticos, risas y tragos. Ella lo desvestía, lo acorralaba en el baño, lo manoseaba con frenesí y no se le despegaba. A los tres meses deciden sólo conversar, resumir. Es que afuera de la ventana del motel también había una bulliciosa marcha, que les taladró el ardor, de ciudadanos que ponían su grito en el cielo por los ampulosos abusos de la salud y previsión privadas, las famosas Isapres y AFPs. Y se sentían algo desganados.
-¿Te acuerdas todo lo que me amaste? –lo dice moviendo las pestañas.
-Sí, yo me habría casado contigo de inmediato. Te adoraba.
-Si me hubieses secuestrado, yo me voy contigo al extranjero o a donde sea, te lo juro, y hoy seríamos felices.
-Isidora, te repito que eso habría sido una humillación para tus padres.
-Mis padres fueron los que me doblegaron, los que me condenaron a la desdicha, a esta cadena perpetua. Me vieron como una inversión a largo plazo y nada más. Yo era un activo.
-No condenes a tus padres, ellos actuaron con la racionalidad del caso. Termina con esa cantinela.
-Faustino, ¿me amas todavía?
-Isidora, de que hablas, eso ocurrió hace tanto tiempo.
-¿Te queda un poquito de ese amor juvenil?
-De nuestra pía relación guardo los mejores recuerdos, de lo que te idolatraba.
-¿Me amas un poquito hoy? –es una pregunta algo bochornosa.
-No me pongas en esa encrucijada. Yo amo incondicionalmente a mi esposa Trinidad. No seas fastidiosa. Disculpa.
-Entonces para ti soy una amante ocasional más, la perra de turno.
-Por favor, no dramatices el asunto, no te deprimas tan fácilmente, no te expreses de esa forma. Me alegró ser tu enamorado y me anima el estar en la cama contigo. Eres peligrosamente ardiente. Sí, casado contigo habría sido dichoso, mas eso no sucedió. El capítulo se cerró. El reloj no regresa.
-No solo te entrego mi trasero, también me entrego yo ¿Comprendes mi lío existencial y emocional? De ahí viene el fuego. Una pregunta teórica: ¿Te arrancarías conmigo a un nuevo país mañana?
-Isidora, deja las cosas en su sitio y tranquilízate. Estás alucinando, subordínate a la dura realidad. Yo amo a Trinidad y jamás me voy a divorciar de ella, jamás. Perdón por mi sinceridad.
-Parece que fuiste bendecido con una buena esposa.
- La Trini es espectacular, un tesoro –Faustino anhelaba empezar a desmarcarse de la insistente y latosa Isidora.
-Entonces soy para ti una amante temporal, y sólo eso. Que triste es enterarse, que poco valgo.
-Por favor, no lo plantees así. Me agradó verte, posees también un cuerpo soñado. Esto es diversión, sexo y risas, no una ópera.
-Yo quería que mi cuerpo soñado fuera tuyo toda la vida. Dime ¿por qué esa gente de allá afuera alega tanto? – Isi cambia de tema bruscamente, y entra en el área financiera en donde él es un experto, porque notó el agotamiento de Faustino, ante tanta necedad y presión femenina ilícita.
-Tampoco están conformes en democracia. Pretenden reformar la previsión y la salud en Chile y más.
-En mi casa se crearon las AFP, creo.
-Don Benjamín fue uno de los estratégicos gestores de las privatizaciones de las empresas públicas, de las AFP e Isapres y otras. En cierta manera el modelo neoliberal se diseñó en casas como la tuya, al menos una parte. Si hoy existe una constitución política partidaria, impuestos bajos, una legislación laboral flexible, una escasa fiscalización del Estado, es gracias a hombres visionarios como tu gran padre. La economía de la patria crece a buen ritmo. Sólo les faltó privatizar el banco central jajaja.
-A mi casa iban ministros, subsecretarios, directores, obispos y los demás.
-La elite conoce y respeta a tu gran papá. Es un Don.
-Espero que el congreso no fastidie mucho. Me aburren sus discursos.
-No te preocupes, el congreso está en el bolsillo de la cúpula –lo dice sin arrugarse.
-¿Y tanta protesta no es un tropiezo?
-Es parte del juego, déjalos que griten, nunca se satisfacen. La Moneda es razonable, no va a permitir que el despelote se generalice. Todo está bajo control y Chile continúa progresando. La cabaña del tío Tom moderna está establecida y limpia y los barracones no se van a sublevar. Aprendieron a apreciar el crecer con paz y orden. El galeote es sumiso, con algunas excepciones. Que cada uno ocupe su lugar –sonríe socarronamente.
-La fortuna de los Gabillón posee un pasado algo truculento –bromea un poco, relajándose, con un vaso de champagne en la mano.
-Disculpa Isidora, esas son tonterías. Cada patrimonio y familia posee sus manchas, su pasado. Los inmaculados no existen. No escuches a los envidiosos. Don Benjamín es un triunfador y punto, un adelantado. Además, el banquero que juega limpio quiebra. Residen a dos centímetros de la línea roja.
-Hablas como mi padre. Debiste ser mi esposo.
-Yo respeto y aprecio a tu padre, y tengo una maravillosa esposa. Lo correcto es que no nos veamos por un tiempo, disculpa –está cansado del romanticismo impropio y abrumador de Isidora.
-Quieres deshacerte de tu perra ocasional –su depresión es evidente.
-Otra vez con lo mismo –levanta la voz-. Cada uno posee su vida y responsabilidades. Lo nuestro se termina, al menos por un tiempo, lo siento. Tal vez no veamos en otra oportunidad –él necesita un desahogo, se lo dice con cariño y la voz baja. Isi dejó de ser divertida.
-Lo acepto, lo acepto, lo acepto, no te rogaré más. Está bien, nos vemos. Cuando escuches nuestra canción italiana acuérdate de mí, por favor. Es lo único que te pido –ella desiste, se rinde, al fin.
-Eso haré, te lo prometo –le responde aliviado, y con un beso sin sabor se despiden.
Isidora perdía por segunda vez al que consideraba el amor de su vida. Lo obtenía todo desde que usaba pañales y busco en su juventud la forma de casarse con su vecino amado, mas el destino le preparó a su corazón de mujer un camino doloroso e irreversible. Torpemente creyó que viviría o reviviría esa magia adolescente en un motel, al menos fraccionadamente, con un hombre guapo y desarrollado que estaba dichosamente casado, y se volvió a equivocar. La rocosa realidad la visitaba nuevamente y ella pensaba presuntuosamente que su corazón era un mártir. Por motivos distintos a los de la canción “Una lacrima sul viso” –una lágrima en el rostro-, una lágrima rebelde recorría su rostro, con los puños apretados, encerrada en su baño privado, escuchando su nuevo himno secreto y demasiado popular, de gente humilde: “Sombras nada más”, de Javier Solís. Todo mal otra vez, a ella nada le sale bien. Los afanes de las poderosas también sufren derrotas. Al principio fue Faustino quien le rogó que se acordara de él mediante la canción italiana, hoy es exactamente al revés, siete años después. La ironía juega su papel determinante en la historia, sin avisarle a nadie. Isidora al año siguiente maduró sorprendentemente, se resignó a su destino y empezó a comportarse como una Gabillón de tomo y lomo en todo momento y lugar, previa visita al confesionario, educando a sus hijos en los más altos valores de la Madre Iglesia. Fue una copia fiel de su madre, más estricta y pesada que su santa madre. La almohada fue sepultada. Fue una esposa y madre ejemplar, amiga de los sacramentos. Las hijas de Isidora no fueron malcriadas. El agua volvió a su cauce. El largo padecimiento del cáncer de su hermano, el ver como su marido y padre guerreaban el año completo, algunas homilías más el sentido común generaron un cambio sicológico y moral profundo en ella. Nunca más fue la misma. Leyendo el periódico con vergüenza descubrió que en Chile millones de mujeres sufrían y mucho, por otras razones. La pobreza incesante demuele. Eran las verdaderas mártires. De esta forma, se acercó más a la sensatez, a la luz, a la parroquia. Adiós a los bochornos y a las flaquezas. La altivez y los infantilismos de antaño duermen en el cementerio y nadie les lleva flores. La distinguida, devota y reputada señora Isidora Gabillón es uno de los pilares de la alta sociedad. Guillermo la amó hasta el final. La señora Matilde partió a la presencia del Señor complacida por el proceder de su hija Isidora, un modelo a seguir.
FIN.
Del blog índice “LAS SOTANAS DE SATÁN”
http://lassotanasdesatan.blogspot.com
Todos mis cuentos en un solo blog
http://antologiacuentos.blogspot.com
JAIME FARIÑA MORALES
ARICA-CHILE
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