sábado, 2 de mayo de 2015

EL CANDIDATO A DIPUTADO

    

 

Hasta que un día le comunicó a sus amigos con un poco más de formalidad en el bar “La potoncita” que ambicionaba ser diputado de la república. Iba a cambiar su pizzería de la comuna de Lo Prado por un escaño en la cámara de diputados. Lo pensó por muchos años y lo anhelaba desde siempre. Se preparó, estudiando un poco de locución, dicción y teatro, vigorizando su locuacidad innata. Además, poseía un capital interesante. Era su sueño americano. Ensayaba discursos frente a su espejo casi como un vicio, con el esfuerzo de quien sube el Everest. Tenía carisma, los clientes lo querían, los vecinos lo escuchaban, lo conocían. Siempre fue el más simpático del grupo, un buen bailarín de salsa y rocanrol y un mal cantante en el karaoke que generaba más risas y encomios, por el empeño que ponía al cantar, desafinado. Todos lo amaban, era liviano de sangre. A veces sencillamente era un humorista. En el liceo creyó que podría obtener una gaviota por sus chistes, en el Festival de Viña del Mar. Era un agrado verle, conversar con él. Cuando hubo que reparar la plaza, hermosear los jardines o comprarle camisetas al equipo del barrio “Los encopetados” él era siempre el primero en realizar las gestiones ante la Ilustre Municipalidad o ante quien fuera, con una energía torrencial que no pasaba desapercibida jamás. Mucha gente le decía medio en serio: “tú deberías ser diputado”, y él de tanto escucharlo se compró completamente esa posibilidad, el cuento. Todavía no empezaba ninguna campaña y el ángel y magnetismo de Juan Etéreo Grupeli ya sumaba votos. Todos le decían “Juanete”, que era la fusión de su nombre y la mitad de su apellido. Al igual que la presidenta de Chile Michelle Bachelet su trago favorito era el terremoto, y después de una inspiración etílica se para delante de todos los muchachos del bar y se lanza de una buena vez, micrófono en mano, totalmente persuadido de su misión, que lo carcomía: “Buenas noches queridas amigas y amigos, por vocación y petición de muchos honorables miembros de esta hermosa comuna, he tomado la decisión de postular al parlamento por el distrito 18. Sí, seré un diputado de la gente y por la gente con el lema “Juanete en el parlamento, a sus promesas dará cumplimiento”. Mi agenda política estará compuesta por vuestras exigencias y necesidades, no por los intereses partidistas o de unos pocos. Que nadie se confunda, seré la voz oficial de los sin voz, de los peatones, de los humildes. Yo los representaré sin arrugar o arreglines. Las puertas de mi oficina estarán abiertas todos los días del mes sin excepción, y seré el arquetipo fidedigno del manoseado 24/7. Espero contar con vuestra confianza en la próxima contienda electoral. Muchas gracias y salud”. El aplauso y aprobación del público fueron espontáneos y Juanete, con libreta en mano, ya anotaba los petitorios de la popular, junto con el Zoquete, su brazo derecho y asesor ideológico. El Zoquete, con una enseñanza media cumplida con dificultades, fue el primer promotor de la idea de que el dueño de la pizzería Juanete fuera un flamante servidor público electo. Le tenía una fe ciega. Desde ese día no se perdían bautizo, partido de fútbol, velorio o cualquier evento relevante en la circunscripción. Juntaron con tiempo unos buenos ahorros y elaboraron un agotador plan. Estaban en todos lados, a todo vapor, registrándolo todo y haciendo tantas promesas y conjeturas que simplemente no podía recordarlas todas. Visitó parroquias católicas y protestantes y lo único que faltó es que predicara del sermón del monte. Se multiplicaba increíblemente, era ubicuo. Conversaba con todos y abrazaba hasta los perros y mascotas, con su interminable y singular sonrisa, que era su mayor carta. La emocionalidad era su bandera de lucha. Su candidatura lo tenía alucinado y poseído, con ese rol de servidor público que asumió desde el fondo de su alma. El gran problema era que a estas alturas el presupuesto de caja era esquelético y no quería terminar haciendo afiches de cartón una vez iniciado el periodo de la publicidad oficial, así que con su asesor decide visitar al hombre del maletín que le había llamado varias veces y al que había rechazado por ética política. Juanete no iba a someterse al yugo de los poderosos, mas la pobreza reinaba. Estaba muy ajustado. El candidato sabía que sin dinero todo lo obrado se iría al tarro de la basura en un tris, así que se encuentra con el misterioso hombre del maletín en el tercer piso de un reconocido banco y holding capitalino, a evaluar contingencias y sus opciones.

-Buenas tardes señor Juanete, un gusto en conocerlo –señala el poderoso señor Ponzeta.

-Buenas tardes señor Ponzeta, gracias por recibirme. Es un honor conocerle y conversar con usted –dicen al unísono Juanete y Zoquete.

-Estimado Juanete seré honesto y directo con usted, sin muchas vueltas. Mire, yo lo necesito a usted y usted me necesita a mí. Hemos hecho encuestas, estudios e investigaciones con sociólogos, cientistas políticos y expertos en todo Chile, y le comunico que en su circunscripción usted es quien tiene hoy la primera posibilidad de ser el nuevo diputado, por eso lo llamé. Mucha gente está sorprendida y asustada con su irrupción en la política. Comprenderá que sin financiamiento su derrota política está garantizada –afirma con convicción uno de los dueños del prestigioso banco y conocedor de estos escenarios.

-Es verdad señor, mis recursos son escasos y la gente siempre me pide que le compre una torta para una rifa, que le compre remedios y mil cosas más, y ya no tengo dinero para cubrir los compromisos y costos de una campaña política presentable, arrolladora. Todos los días aparecen gastos inesperados –dice Juanete con cierta melancolía.

-Mi grupo económico decidió financiarle su campaña siempre que firmemos un pacto de caballeros –indica seriamente el banquero.

-¿A cambio de que sería el dinero de la campaña? –pregunta un intrigado y moralista Juanete, con el disgusto no disimulado de Zoquete.

-Estimado candidato, el vilipendiado neoliberalismo que hemos construido con éxito todos estos años ha traído prosperidad y libertad de emprender a todos. Obviamente no es una sociedad perfecta y necesitamos una agenda social progresiva y responsable, sin esa demagogia de los oportunistas, radicales y faranduleros. Mas los pilares de nuestro libre mercado que llevarán a Chile al desarrollo global están ahí y nadie los tocará. Sólo hay que tener paciencia y seguir trabajando. La previsión en manos privadas es parte de la libertad de elegir. Luchamos contra esos embaucadores que piensan que la salud, las pensiones, las empresas estratégicas y el cobre y casi todo, deberían estar en manos del Estado, de los trabajadores. Los socialismos reales naufragaron estrepitosamente, el estatismo es una ideología acabada y digámoslo de una buena vez, Cuba es un campo de concentración aunque los talibanes de siempre lo nieguen. Mi opción es la libertad y usted será mi gran aliado y adepto en la cámara –expresa con convicción Ponzeta.

-Señor Ponzeta, disculpe pero algunos de sus planteamientos atentan contra mis principios filosóficos –indica un profundo Juanete.

-Entonces está conversación terminó. Le entregaré los doscientos mil dólares a su competidor y caso cerrado –expresa Ponzeta en seco y en eso Zoquete le da un golpe fuerte en la cabeza a Juanete, y una bofetada que lo dio vuelta.

-Zoquete, ¿por qué me golpeas?

-Eres imbécil o te cortaron en verde. El señor Ponzeta decidió amablemente financiar tu campaña, llevarte a un triunfo seguro para que desde la cámara de diputados puedas servir al pueblo y tú, en un infantilismo ideológico lanzas todo por la borda. Ahora los afiches van a ser de cartón y tú los vas a pegar con escupe y después del humillante descalabro tendrás que vender tus pizzas en la calle porque también se te olvidó de que estamos casi quebrados, tarado. Todos los días aparece una vieja pidiendo algo –un indignado Zoquete lo vomita todo.

-Paren, paren todos, me entendieron mal. Hablé de principios, no de rechazar la generosa colaboración suya –mirando al banquero recapacita a tiempo y con la voltereta se soluciona todo.

-Estimado Juanete le pido mil disculpas por haberlo entendido mal. Entonces somos socios y estamos en el mismo equipo. Usted apoya nuestra agenda neoliberal de progreso desde la honorable cámara de diputados y nosotros financiamos vuestro futuro y los éxitos que vendrán. Espero que sea parlamentario por veinte años, con nuestro desprendido auspicio  –aclara Ponzeta.

-Señor Ponzeta, disculpe la impertinecia, ¿podría adelantarnos cinco millones, por favor? –solicita un escuálido y casi desesperado Zoquete.

-No faltaba más. Aquí está lo requerido –saca cinco fajos del cajón en el acto-. Mis socios me tratan bien y yo los cuido, por mientras estemos en el mismo equipo, claro está. Yo también soy un servidor. Así que en lo que demanden, cuenten conmigo.

-Muchísimas gracias señor Ponzeta –señalan Juanete y su asesor ideológico.

-Juanete –ya en más confianza-, para que te pueda entregar los doscientos mil dólares deberás emitir varias boletas de honorarios por veinte mil dólares cada una en la que harás clases de gramática a mis empresas por un año, en tu calidad de profesor de castellano. No te olvides de pagar tus impuestos. Mi abogado te explicará la engañifa y todo y te depositaré cuanto antes –es un victorioso banquero que termina la reunión con uno de sus tantos súbditos, más relajado.

 

Con dinero en los bolsillos la campaña tomó otro nivel, se eleva notablemente. Empezó a comprar palomas, impresiones de calidad, llaveros, poleras, publicidad radial y más. También pagó cenas, empanadas, cantantes, tortas, botellones, rifas, bailarinas coquetas, remedios y bailongos. Corría como loco todo el día pensando en el escaño. Lo que más le emocionaba que en las encuestas iba en primer lugar por menos de un uno por ciento, lo que probaba que de todas maneras la pelea estaba demasiado reñida, demasiado, no apta para cardiacos. Juanete peleaba voto a voto, golpeaba todas las puertas, se paraba con su banda musical y danzarinas de falda corta en cualquier esquina o sitio. A veces gimoteaba en silencio porque desde su interior escuchaba una retumbante vocecita que lo nombraba diputado de la república.

 

Y concluida la batalla de tantos meses, llegó el gran día de las elecciones parlamentarias. Y el pueblo fue a las urnas. Juanete y Zoquete votaron temprano y se fueron a la sede a esperar los resultados. Los expertos vaticinaban una llegada estrecha y Juanete se comía las uñas y se bebía una jarra de café tras otra, y unos gramos de ron, yendo a la letrina cada media hora. Con cada hora que pasaba se ponía un poco más insoportable. Le costaba contenerse y disimular mas zoquetito, el perro fiel, lo alentaba con el triunfo y un mañana esplendoroso. A las cinco de la tarde se abrió la primera mesa de la circunscripción y comenzó el terrorífico conteo. En una mesa ganaba él y en la otra su contendor, siempre por pocos votos. Ningún candidato se distanciaba. Había que esperar y beber más café. Juanete ya no daba más y veces creía que en esta elección o eventual derrota se le iba la vida misma. Mas se mantuvo en pie, como pudo, hasta que llega por la radio lo que es el escrutinio final no oficial. Contabilizados los ciento veinte mil votos anuncia el locutor que Juanete había perdido por menos de cien votos. Ni una película de horror de Hollywood podría tener un mejor guion. Juanete entró en una depresión y angustia mortales y empezó a llorar y a romperlo todo, sin importarle las pocas visitas ni nada. Su asesor intentaba detenerlo mas el candidato derrotado destrozaba ventanas, mesas, vasos y todo lo que se cruzara por delante. Echó a todos los invitados de la sede, dándole patadas a las sillas, totalmente podrido ya, gritándoles: ¡traidores! ¡hijos de puta! ¡métanse la reparación de la cancha en el culo! ¡Viejas hediondas, me gasté una fortuna! Algunos vocablos eran irrepetibles. Cambió el café por una botella de ron y se quedó solo, completamente solo, fuera de sí, intentando dormir algo borracho, entre gemidos y una ira que no se disipaba. El último en abandonar la sede fue el amargado y leal zoquetito que también se fue sollozando, después de asegurarse de que su ebrio y sedado amigo dormía bien, en la habitación de la propia sede. Todo había terminado y nadie podía creer como se desarrollaron los acontecimientos. Los buenos amigos consolaban a un lacrimoso zoquetito que no podía cerrar los ojos, por la pena que lo embargaba, derramando lágrimas en las bancas de la plaza. Era la incomprensible tragedia humana de un candidato que corrió como enfermo mental sin descanso ni respiro depreciando sus pies en la calle por más de un año. Todo era una gran injusticia, hasta que a las cuatro de la mañana un bebido Zoquete escuchó una nueva noticia en la misma radio, que les cambiaría la existencia por siempre.

-Estimados oyentes informamos que debemos rectificar o actualizar el cómputo final de esta circunscripción porque no se consideraron siete mesas de la escuela Lautaro –barrio en el que se domiciliaba la pizzería-. Con todas las mesas cerradas a esta hora comunicamos que por una diferencia de ciento treinta votos a favor el nuevo diputado de la circunscripción es don Juan Etéreo Grupeli – anuncia un trasnochado locutor.

Zoquete enloqueció de la alegría de inmediato y en tres segundos quedó totalmente sobrio, y saltando como un canguro rojo se puso a gritar sin pudores: ¡ganó el Juanete! ¡ganó el diputado del pueblo! Algunos amigos y simpatizantes se empezaron a reunir en la vieja plaza y se fueron raudamente gritando la victoria a la sede de un candidato que estaba borracho, y en su quinto sueño. Y Zoquete echando la puerta abajo y en medio del júbilo despertó casi a patadas a Juanete y le increpaba en la cara descompuesto de dicha.

-¡Juanete ganaste! ¡ganaste! Eres nuestro nuevo diputado por Lo Prado, Cerro Navia y Quinta Normal. Despierta amigo, levántate y anda.

-Zoquete – Etéreo está totalmente desconcertado por tamaña noticia-, si es una broma te mato aquí mismo. Mide tus palabras –era la expresión de alguien que ya sabía lo que era volver de la muerte.

-Amigo del alma, faltaban siete mesas y en el cómputo final la radio te nombró como el nuevo diputado del distrito 18. Te lo repito: venciste. Ahora dúchate, aféitate y vístete porque a las 9 am se te viene la primera entrevista. Me llamaron al celular, tengo todo preparado. Tu nueva vida comienza ahora, mi querido compadre.

Al excadáver también se le quitó la borrachera y todo y tratando de contener la inmensa alegría y emoción dialoga con los periodistas en la puerta de la que es desde ahora su sede parlamentaria.

-Don Juan, ¿qué siente con tan apretado triunfo?

-Lo importante que la voluntad popular se ha manifestado. Estoy muy feliz de representar a la provincia en la distinguida cámara.

-¿Dónde esperó los resultados? ¿estuvo muy nervioso?

-Si bien hubo un nerviosismo natural en el conteo conclusivo de votos, mantuve siempre y en todo momento la serenidad de espíritu que la situación ameritaba, subyugado en todo momento al veredicto del pueblo, y con la conciencia tranquila de haber trabajado bien. Soy un hombre calmado, por naturaleza.

Terminada la entrevista y después de un buen descanso Juanete se dirigió a “La potoncita” para celebrar como corresponde tan magnánimo triunfo, bailando rocanrol. El regocijo en el lugar era una plaga.

 

El 11 de marzo Juanete juró como flamante diputado y el primero en felicitarlo fue Ponzeta, su gran socio político-financiero, de aquí en adelante. Llegaron a ser amigos. En la sede atendía a casi todas las personas, pero se estaba agotando su paciencia así que regañó cariñosamente a su asesor ideológico.

-Zoquetito, me traes puras viejas feas con problemas terribles ¿Qué culpa tengo yo del sida, del embarazo precoz, de la infidelidad, de la delincuencia o del alzhéimer? Tráeme mujeres bonitas será mejor. Selecciona Zoquete, selecciona, y así nos divertimos los dos. Las fiestas privadas no fenecerán jamás, menos ahora. El vino y las mujeres yo las pago, como en todos estos años. Adelante amigo, con fe. El porvenir nos pertenece.

 

Juanete como diputado fue reelecto varias veces porque tenía cada vez más un potente financiamiento y aprendió bien todos los trucos y fechorías del kamasutra político. Nunca pellizcó a los poderosos, ni en broma. Cuando terminaron sus servicios a la amada patria como parlamentario se compró una pequeña cadena de pizzerías y algunas propiedades y volvió a “La potoncita” a mostrar sus dotes de bailarín de rocanrol, con su peculiar y prestigiosa sonrisa.

 

 

 

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martes, 9 de diciembre de 2014

CORAZÓN MÁRTIR

 

CORAZÓN MÁRTIR

 

La familia Gabillón era de alcurnia, de la cúspide. El padre, don Benjamín, era un hacendado, exportador y accionista pesado de un banco, entre otros tantos, en el cual trabajaba de sol a sol como ejecutivo buscando inversiones, nuevos negocios y productos en cualquier sector de la economía. Pertenecía a la lista de los diez hombres más ricos del país y a uno de los grupos financieros e inmobiliarios que movían los hilos de la amada patria. Eran el verdadero poder y La Moneda era solamente el eterno cómplice, sin importar quien residiera temporalmente allí. Poseía un importante y grueso portafolio de activos, sobre todo en la supuestamente impredecible bolsa de valores. Él no solicitaba información privilegiada, la daba. Una de sus misiones era mantener una gran amistad con todos los gobiernos y políticos de turno y colaborar en lo que fuera posible, siempre que la aberrante sombra del estatismo o populismo no aparezca. La demagogia es el caos. Sin sobresaltos, todos sus hijos e hijas se casaron con el tiempo en la misma parroquia y con confiables sacerdotes del Opus Dei o equivalentes, hasta que apareció el séptimo hijo, el conchito, que resultó ser una preciosa y rizada señorita, que fue bautizada con el nombre de Isidora Ignacia, el año 1965. Tenía ocho años de diferencia con su hermana inmediatamente mayor. A la Isi la malcriaban sus padres, sus abuelos, sus hermanos, sus tíos, las nanas y el resto del planeta. En cierta manera empezó a ser una niña insoportable y excesivamente caprichosa desde la cuna, y eso trae sus derivaciones. Cuando era tozuda era inaguantable. El padre se sometía con fluidez y babas a las más singulares extravagancias de su postrer retoño. Isidora estudió en el exclusivo colegio “Las devotas de María”, en la que le enseñaron todo sobre el apostolado de ser una madre piadosa y una abnegada y fiel esposa, según los estrictos dictados de la Madre Iglesia, y los propósitos de la familia, aunque ingresara a la universidad. El primer requisito de las alumnas es ser damas compasivas y comportarse como tales en todo instante y lugar, con una profunda fe en Dios, María y los santos correctamente canonizados. Todos sabían la ira que le producía a don Benjamín los anarquistas, contestatarios, rebeldes, rojos, ateos y libertinos, a los que él consideraba la escoria. Si uno de sus hijos hubiese optado por este desgraciado camino del mal habría sido desheredado en tres tiempos. Naces como un católico conservador y te mueres así y punto. Amas a Dios, a la patria y a la familia y punto. Y no explores otras definiciones de patria. Don Benjamín se incomodaba con los sermones del evangelio social y transformador que oía en alguna homilía oficial de vez en cuando. No hay un milímetro de espacio para los licenciosos, insurrectos o cuestionamientos. La primera comunión de Isidora Ignacia fue un acontecimiento de la alta sociedad. Y si bien en la secundaria había besado en secreto a dos jóvenes a ella le gustaba su vecino cercano Faustino, que si bien era de muy buena situación económica, no se podía comparar con los Gabillón. El guapo Faustino e Isidora hicieron juntos la confirmación e iniciaron un romance secreto, con la reservada venia posterior de la madre, doña Matilde. Faustino no hizo la Confirmación a su debido tiempo y aprovechó la coyuntura para conocer más a Isidora, en las clases de preparación en la parroquia. El primer beso fue una larga batalla, tanto, que le compró una canción. Ella, con sus dieciséis años disimulaba muy bien su profundo y juvenil amor, como la señorita que era. El apuesto y respetuoso Faustino, hostigado por varias féminas, no ocultaba en ningún minuto su amor y profundo fervor por Isidora y la cubría de elegías y adulaciones, hasta acomplejar a Bécquer. Doña Matilde, supernumeraria del Opus Dei, la autorizaba a salir siempre que fuera con otras amigas, en grupo, y a lugares y con horarios debidamente inspeccionados, y con discreción. Algunas millonarias eran algo modernas o progresistas, ella no, nunca. Al primer desliz o tontera Isidora se queda sin admirador y sin nada. Su santa madre la veneraba, mas en cuestiones de principios no transaba jamás. Obviamente el pololeo de ellos no era de todos los días. La antojadiza Isidora sabía que terreno pisaba en toda hora y lugar, y el diplomático Faustino se adaptaba a todo con tal de consentir a la que el veía y soñaba como su futura esposa. La consentida joven era, en general, coqueta con él. Después de un año juntos varias veces se habían manoseado con cierta pasión sin llegar a mayores, sin corolarios que lamentar, en el automóvil especialmente, cuando se quedaban solos. Es que físicamente no estaban muchas horas solos. Un día cualquiera del verano de 1983 Faustino golpea la puerta de su amada y la encuentra sola en su casa, sin nanas y sin su madre, que fue a un herbolario con cierta urgencia, por media hora. Isidora se abalanzó sobre él y lo besó fogosamente y él, que intentaba ser recatado por miedo a fallecer en la hoguera en manos de sus suegros no resistió más y respondió con una desordenada efusión y le tocó todo y le besó casi todo, ciegamente. La resistencia apostólica y mariana de ella fue nula, es más, la primera iniciativa libidinosa es de su autoría. En medio de los palpamientos impúdicos e impetuosos Isi escucha el sonido de la reja o puerta externa de su casa y se acomodó la ropa en cinco segundos y se sentó en la escalera de afuera con su galán enamorado, presurosamente. Si se demora más de la cuenta en poner las prendas en su sitio hoy Isidora estaría posiblemente excomulgada y denigrada por su familia.

-¿Qué haces en la escalera? ¿por qué no haces pasar a Faustino? –pregunta una extrañada Matilde.

-Mamá, no hay nadie adentro y decidimos esperarte aquí. Faustino ya se va, sólo quería darme un regalo –señala Isi.

-Eso me parece muy prudente. Chao Faustino, que te vaya bien.

-Hasta luego señora Matilde.

La joven lo acompaña hasta la puerta y se despidió de él con un débil beso en la mejilla. A Isidora le gustaba mucho Faustino, de pies a cabeza, desde que lo vio. No podía gritarle al viento su hondo amor, tampoco a su mamá. Era un amor juvenil, idílico, tal vez algo enfermizo. Ella era veleidosa y eso no ayudaba en nada.

En el refinado club Vitacura los jóvenes del barrio alto se juntaban con sus familias para celebrar navidades, fiestas patrias, cumpleaños y otros, y generalmente Isidora era el centro de mesa, la estrella, ya que además, bailaba bien y era agraciada. Desde niños nunca faltaron Faustino y Guillermo, que eran siete años mayor que ella. Estos dos eran los partidarios más destacados, entre tantos. Ella disfrutaba siendo una muñeca presumida y sutilmente provocadora. Guillermo Prado no se quedaba atrás en odas y alabanzas, aunque su atractivo era más limitado. En la navidad de 1984 don Benjamín lanza en su casa una bomba de racimo que Matilde presentía, por el perfil de los reiterados comentarios de su cónyuge, de los últimos meses, y que no fue posible soslayar.

-Querida esposa, si Isidora se casa con el ingeniero Guillermo podemos unir las fortunas de los Gabillón y los Prado y ser así juntos los accionistas casi mayoritarios del banco Lemet. Imagínate casi el 40% de las acciones y de otras inversiones quedarían en las dos familias. Es por lo que mis padres y yo hemos batallado toda una vida. Difícilmente el futuro se puede ver más esplendoroso. Isi sabrá cumplir con su deber de Gabillón, sin cursilerías, lo sé, lo sé – expresa un emocionado padre, que planificaba un matrimonio por conveniencia soterradamente, casi involuntariamente. Estaba vendiendo a su hija.

-Benjamín, tú sabes que Guillermo ha perseguido con energía siempre a Isi, pero ella no lo ama, sólo lo tiene como un buen amigo –replica ella.

-Isidora Ignacia no ama a nadie, no está comprometida con nadie. Tú la has cuidado bien y está oportunidad no la dejaré pasar. El amor vendrá con el tiempo. Mi bisoña hija tiene un deber sagrado que cumplir, y esto siempre va primero. Hay decenas de millones de dólares en juego y más, en los años venideros. Dependemos de este matrimonio y una Gabillón no eludirá su responsabilidad. Obviamente tengo tu total apoyo. Ya hablé con los padres de Guillermo y también entienden que hay muchísimos activos en juego. Además el inteligente Guillermo tiene pensado realizar grandes inversiones y proyectos en muchas áreas. Es una mente brillante, inquieta, ambiciosa. Es un Henry Ford. Matilde, tu compromiso moral es explicarle a Isi el sabroso, espectacular e insuperable escenario financiero y familiar que estamos construyendo. Esta oportunidad no se presentará dos veces –señala Benjamín con infinita alegría y esperanza.

-Benjamín, no será muy apresurado. Isi va a cumplir recién diecinueve años –indica Matilde tratando de postergar la fija boda.

-Esperar más tiempo, ¿para qué? Para que se enamore de un aventurero, de un hombre de patrimonio limitado, de un trepador encubierto, de un emprendedor de última hora. Matilde, ¿escondes algo? ¿Guillermo es muy feo?

-¡¡No me ofendas!!, tú sabes que soy transparente y que te apoyo en todo lo que sea beneficioso para la familia. Guillermo no es feo y es varonil –contesta así obligadamente y levantando la voz, por ser una encubridora en peligro.

-Mis otras tres hijas se casaron muy bien, mas la boda de Isidora va a hacer historia. Invitaremos a toda la aristocracia criolla. Si hasta la esposa del general Pinochet me señaló que le encantaría asistir a la boda del siglo, en una conversación distendida que tuvimos en La Moneda. Mi general está ocupadísimo. Sólo falta el responsable sí en el altar de mi hija y programa cerrado. A ella le he dado de todo, no me fallará. Matilde, encárgate de todo lo sentimental y yo de lo económico. Necesito de tu absoluto apoyo en estas semanas decisivas, sin titubeos – sentencia el patriarca de los Gabillón, que con convicción y perspectiva juega sus fichas.

-Benjamín, yo te ayudaré en todo, con la boda del siglo, con la vehemencia acostumbrada. Esto nos conviene a todos y es un premio a tu infatigable lucha por todos nosotros. Ambos son los herederos perfectos del reino.

-Gracias esposa mía por comprender rápidamente y colaborar siempre. ¿Qué haría sin ti?

Matilde le permitió pololear en secreto a su hija y ahora debía afrontar las ramificaciones de los besuqueos, porque la mimada Isidora estaba enamorada de verdad. Eran demasiados los millones de dólares en inversiones jugosas y ella no le iba a cerrar la puerta de una prosperidad obesa a la familia por un amorío juvenil pasajero. Isidora entenderá el contexto y asumirá con altura de miras su obligación, seguramente. Cualquier afán adolescente será desestimado. Se lo explica a su hija con pinzas, en su lujosa habitación de soltera.

-Isi debo conversar contigo un asunto delicado –el rostro se le empalidece.

-Dime mamá, ¿qué sucede? –Isi algo sospecha, por las señales de los últimos meses y los obsequios lisonjeros y caros de Guillermo.

-Hija, tu padre y los Prado han llegado a un gran acuerdo. Ellos están convencidos que el glorioso futuro pasa por tu matrimonio con Guillermo. Tú sabías que un acontecimiento como este llegaría, y el joven Prado te adora.

-Mamá, ¡se volvieron locos!. Yo sólo amo a Faustino, y si bien el educado Guillermo es un buen pretendiente, es mi amigo y nada más. ¿Cómo me voy a casar por dinero? ¿soy yo una acción de la bolsa de valores, una dama de compañía? Es increíble que no participe en la decisión más importante de la vida de una mujer.

-Es un amigo que te ama, que ha insistido contigo. Faustino se ha interpuesto en cualquier relación que pudiste haber tenido con él. Le bloquearon toda posibilidad a Guillermo, y yo soy un poco culpable.

-No amo a ese tipo mamá, no me casaré con él. Prefiero morir, huir. Mándame a estudiar al extranjero cualquier carrera.

-Isidora Ignacia, mantén la compostura de una señorita de tu clase. A tu padre no le podemos hacer escenas y menos un escándalo. En esta vida que es dura, todos tenemos que ceder. Guillermo vendrá a pedir tu mano un mes más, con ambas familias de testigo. Tu primer deber es terminar secretamente con Faustino explicándole en detalle todo. Él comprenderá todo, créeme. Es un muchacho inteligente. Hoy, Benjamín y tus seis hermanos cifran sus esperanzas en ti, en que actuarás rectamente, por el beneficio de todos. Tus hermanas hicieron algo parecido, con el visto bueno de tu papá. Cada oveja con su pareja. Fuiste educada para este día.

-¿Y quién se preocupa de mi beneficio emocional?

-¡Malcriada egoísta!, todos hemos pensado siempre en ti. Y esta boda a la primera que beneficia es a ti. Tus hijos serán tan o más importantes que tu propio padre, si te conduces con sabiduría y prudencia. Vas a ser una de las mujeres más importantes de la república. Reflexiona en profundidad sobre el futuro de tus hijos. Te hemos dado todo lo que has solicitado. Has sido una agasajada insoportable muchas veces. Tu padre ha sido tu aliado y protector siempre, en todo, a veces en contra mía. Hasta he discutido con tu padre por la forma exagerada en que te regalonea. ¡Primero está la familia!, el porvenir de todos. ¡Vas a vivir como una princesa!

- Por favor mamá, ¡ayúdame! Yo amo a Faustino y mis hijos con él van a ser felices. Busca una triquiñuela. No ansío ser una princesa afligida.

-Toleré tu amor juvenil. Te comportarás como una Gabillón e irás al altar de la mano de Guillermo. Si desilusionas a tu padre o le rompes el corazón yo misma te moleré a palos. ¿No te gustó jugar a ser coqueta con Guillermo? ¿no te gustó jugar a enamorar a los hombres? Pues bien, lo lograste. Guillermo te ama y tu padre y los Prado ya prepararon todo. El mundo de los negocios es cruel. Autoricé disimuladamente tu amorío, confiando en ti, en tu criterio, llegada la hora cero. Ahora podrás coquetear con Guillermo todos los días de tu vida -concluye Matilde, melancólica, irónica y enfadada.

Matilde lloraba en el más imperioso silencio la desdicha genuina de Isi, mas no eludirá su compromiso con el bienestar de todos. No prevalecerá el sentimentalismo, los anhelos adolescentes. Ella organizará la mejor boda que la alta sociedad haya visto, por amor a los suyos y a su abnegado marido. A su benévolo Benjamín no lo va a desencantar, por ningún motivo. Isi ya se acostumbrará a su holgado destino. Nobleza obliga.

Isidora maduró por medio de un golpe brutal. Está al corriente que es la heredera a un trono mercantil que muchas envidian y si decepciona a su padre y familia es el fin, más el insoportable deslustre público. Ella en varias oportunidades galanteó con Guillermo, entre otros, como la niña mimada que era, generándole inconscientemente expectativas románticas desproporcionadas. Le resultó gravoso ser aprendiz de vampiresa. Pues bien, ahora está locamente enamorado de Isi y pedirá su mano aunque tenga que mover el cielo y matar dragones, y ella le aceptará con decoro y feliz, como parte del aciago guion. Don Benjamín cree que el joven Prado va a ser su primer amor o romance, y el único. Isi se prepara adecuadamente como una Gabillón a posesionarse de su tarea dentro del quisquilloso clan, sin devaneos. Don Benjamín no toleraría otra cosa, perdería la razón. Ha trabajado como una mula por un día glorioso como éste. Su primer dramático paso es hablar con el hombre que ama, con Faustino en el cauteloso café “La Gaita” de Las Condes.

-Faustino, mis padres han arreglado mi matrimonio agudamente. Conjeturan que lo mejor es que yo me casé con Guillermo y consolidar y acrecentar así el patrimonio de los Gabillón y de los Prado. Te amo y estoy desesperada. Beber veneno va contra mi fe. Esto es una chifladura –intenta explicarse entre lágrimas.

-Prado siempre te ha perseguido y posee un capital en cientos de millones de dólares. Comprendo la decisión racional de tu padre, que supone también que Guillermo va a ser tu primer pololo y único novio, y que por eso no ve ningún tropiezo en tu corazón. Estoy seguro que perderé la chaveta –dice un abrumado Faustino, que sospecha lo peor.

-Dime Faustino, ¿qué haré? ¿huir? ¿huir contigo?

-Si huyes conmigo deshonrarías a tu madre y a todos los Gabillón, y yo no permitiré una indecencia como esa. El desprestigio sería eterno. Mi única salida es llorar como un niño y desearte cabal felicidad. Yo soy adinerado, lo sé, mas al lado de los Prado soy sólo un pyme exitoso. Ellos son banqueros. La banca mueve el mundo y el caso está cerrado, lamentablemente. Debes ponerte el traje de novia, marchar al altar, casarte con él, hacer dichoso a tu padre y cumplir con todos los deberes de una Gabillón, como dice tu madre, sin dramatismos. Yo intentaré no suicidarme. Cuando escuches nuestra canción “Una lagrima sul viso”, de Bobby Solo, que una vez te dedicara, acuérdate de mí, por favor, es lo único que te pido. Marcharé cabizbajo al monte de los lamentos –Faustino lo explica todo con valor e impresionante realismo, llorando con mesura y facilitándole de esta manera las cosas a la mujer que idolatra. La canción italiana describía, también lo que le había costado besar por primera vez a la escurridiza Isidora Ignacia, según él.

No hubo muchas palabras más, esquivando una tragedia griega mayor. Ella le dio un fuerte beso en la boca, el último, en la escalera del café. El sabía que había perdido la batalla y emprender una retirada digna y resuelta era lo aconsejable. Pelear con la banca es inadmisible. La pesada y brusca realidad, tarde o temprano, los visita a todos. Un violento rayo del cielo los despedazaba sin misericordia alguna. A Faustino no lo sirvió de nada ser adinerado, joven, profesional, laborioso, inteligente, católico, guapo, complaciente, educado, tierno, sano y ser amado por la involucrada. En algunas ocasiones tenerlo todo no sirve de nada. En las batallas del amor muchos soldados han caído, algunos miserablemente. Faustino camina con la frente en alto, con sus dignas heridas de guerra.

A la semana después Guillermo asiste a una cena que Matilde preparó con abnegación con el propósito de acercar los intereses comunes y a los dos jóvenes, que conversan entre sí en un pequeño balcón preparando casi espontáneamente su devenir. La conducta de la señorita Isidora será intachable. No hay lugar para sensiblerías o salidas de madre.

-Isidora es un placer estar al lado de una estrella de cine como tú, espero que te hayan gustado mis versos y obsequios. Puse en ellos todos mis bríos, aunque me queda claro que tu belleza empalidece toda obra de arte –expresa un iluminado Guillermo.

-Una vez más te comportas como todo un duque. Eres un trovador talentoso y agradezco tus bellos halagos y regalos –responde ella con respeto y un afecto restringido.

-Isi, concédeme el privilegio de aceptarme una invitación al cine este fin de semana –lo expresa cruzando los dedos.

-¿Al cine? no veo ninguna dificultad. Me agrada el cine. Tendrías que pedirle permiso a mi papá –ella inicia su rol, a duras penas.

-Ya sabía que te agradaba el cine. Voy de inmediato donde tu padre.

El joven Prado se dirige hacia donde don Benjamín lleno de dicha.

-Don Benjamín, autoríceme a ir al cine con Isidora. Ella ya me concedió el placer de aceptar mi invitación, por favor –dice el cortejador con una impresionante formalidad.

-Por supuesto mi querido yerno. Con un hombre distinguido como tú mi regalona Isidora asistirá encantada al cine y a donde ustedes quieran. Además, ustedes dos hacen una pareja fenomenal, se los digo desde ya -exclama con regocijo el patriarca, mirándolos.

Durante un mes frecuentaron el cine, el teatro, el ballet, centros deportivos y veinte lugares más. Matilde pensaba que con tanto paseo Faustino desaparecería de la mente de su última hija. Al menos él hacía más que gustoso su papel de futuro novio y cónyuge, y se le declara a Isi, sin fanfarria.

-Isidora Ignacia, te lo he dicho por escrito y verbalmente, y de todas las formas posibles. Me gustas desde siempre. Te amo con locura sublime. Te ruego que aceptes ser mi esposa – expresa un nervioso Guillermo, que ya no aguanta más.

-Has sido cariñoso y educado conmigo y he aprendido a quererte y a valorarte. Me da la impresión de que no estoy enamorada de ti. Hablo de ese amor del que se alimentan las bodas ciertas –es una acotación clara de parte de ella, una notificación honesta, una profecía.

-Con el que me quieras me sobra. No le pido más a la vida. Con el tiempo vendrá el amor que falte. Cásate conmigo, te lo suplico, te lo imploro –insiste el pretendiente invencible.

-El riesgo es elevado. Tú eres una mente brillante, analiza exhaustivamente tu proposición. Y si ese amor que falta no llega nunca, ¿qué haremos? ¿Y si somos unos desdichados? -consulta ella con dudas a un indoblegable galanteador, como presintiendo algunos sobresaltos en los años que se vienen.

-Ese amor llegará, te lo prometo. Poseo la suficiente fe y ganas. Yo me encargaré personalmente. Te suplico que te cases conmigo. Contigo quiero construir una familia y un imperio. Sin ti estoy acabado, la desdicha contigo es imposible – el galán, que no atiende otras voces, va a perseverar hasta el fin de los tiempos, definitivamente, porque Isidora lo tiene embobado, idiotizado, y no es una exageración.

-Entonces, ¿nos casaríamos bajo tu responsabilidad?

-Sí, bajo mi total responsabilidad.

-Bueno, si aceptas las condiciones y hasta estás dispuesto a esperarme con esa tanta fe, sí, acepto ser tu esposa –contesta Isidora, subyugada por las circunstancias y los compromisos externos que no rehuirá, regalándole una sonrisa fabricada a pulso, con el rostro de su padre flotando en el aire. En él el pesimismo está fuera de todo foco, es irreal.

Ella intentó sutilmente de que él no le ofreciera matrimonio, con ademanes, gestos y vocablos de emergencia. De esta forma no tendría que justificarse ante su padre, por una mano que no le pidieron, y Faustino reaparecería, en gloria y majestad. Era un imposible, Guillermo estaba estupefacto con su Julieta. Ella pagaba por su vanidad atolondrada. Isidora Ignacia cumplió con los anhelos de su querido padre, y esta boda lo llenaría de una total dicha. Matilde se somete a los designios del destino, que era lo habitual en ella. Isi es la primera en entregar la noticia. Al ingresar a la casa ve solo a su padre y sin rodeos y con un entusiasmo dudoso le entrega los detalles de lo acaecido.

-Papá, Guillermo Prado me pidió matrimonio hoy. Le dije que sí.

Don Benjamín estalla de alegría: ¡Matilde, ven, ven rápido!

-¿Qué pasa Benjamín? Salvaguarda la compostura, por favor –le ruega la esposa.

-Matilde, Guillermo y la Isi se van a casar, ¡se van a casar! Hay que comunicárselo a todo el mundo. Tengo que comprar inserciones en todos los diarios de la capital, invitarlos a todos. Hija mía, me haces inmensamente feliz, más que tus hermanas –Benjamín está desatado, de júbilo.

A las dos semanas después Guillermo pidió la mano de Isi ante sus suegros, con la presencia de sus padres, en una ceremonia que parecía de Estado. Todos los pasos ya estaban dados, correctamente, bajo la supervisión directa y persistente de Matilde. Ahora se viene la boda del año, o del siglo, según el entender del bienaventurado patriarca.

En mayo de 1985, Guillermo Prado e Isidora Ignacia Gabillón se casan en un templo de Vitacura, en la cual se invitó a toda la aristocracia criolla, al jet set, con una fiesta de lujo que fue inolvidable y carísima, y de repente entre tanto invitado distinguido ingresa la primera dama.

-Isidora, te entrego este presente en nombre de mi marido y mi familia. Todos esperábamos este gran acontecimiento. Ustedes dos se ven preciosos y son todo un ejemplo para nuestra juventud. Disculpa que esté un poquito corta de tiempo.

-Muchas gracias por concedernos el honor de aceptar nuestra invitación señora Lucía. Salude al señor Presidente de la República por favor, a mi presidente, de parte de todos nosotros.

Faustino desde un segundo piso del templo observó como el amor de su existencia le daba el sí perpetuo a un hombre que no amaba y no asistió a la fiesta porque no correspondía, aunque envió un hermoso regalo. La relación de Matilde y su hija nunca más fue igual. Ella sintió como una apostasía la actitud de su mamá. Isi tuvo dos hijos varones y Faustino después se casó con una mujer bella que terminó siendo una espectacular esposa. Y Ya era 1992, con plena democracia en Chile. Mucha agua había pasado bajo el río.

Isidora dormía con su marido sin pasión. Ella suponía que cumplía con sus deberes maritales porque no se le negaba, y en parte así era. No le inventaba excusas o dolores de cabeza. Tal vez de tanto pensar en su amor prohibido apegada a su almohada apagó el fuego que nunca tuvo por su cónyuge. A Guillermo lo atrapaba cierta timidez. Deducía que no era correcto ser agresivo o audaz en el lecho marital con una dama y más su frecuente eyaculación precoz producto del estrés bancario y mercantil lo dificultaba todo. Ciertas tradiciones religiosas puritanas o de los acomodados no eran un aporte. Tampoco el diálogo sexual entre ellos era fluido porque esa época era recatada y beata todavía, en ciertos sectores. Y no ventilarían su intimidad con un sexólogo o sicólogo. Todo mal. De vez en cuando ella conversaba a tajo abierto y teatralmente, con su almohada, y con absolutamente nadie más.

-Cuando estoy con mi esposo, en algunas oportunidades presumo que estoy con mi antiguo pololo y vecino Faustino. Me da la impresión de que mis formales relaciones sexuales no van a ningún lado, que son el inicio de nada. No puedo ser caliente. Que la procreación sea el propósito más determinante en los casorios me parece horrible. Como los sacerdotes no se casan, jamás me comprenderán. No solicitaré el sacramento del perdón. No creo que la búsqueda del placer extremo sea una obsesión impía que ofenda al sagrado sacramento del matrimonio. Este entumecimiento interno, este hormigueo, me va a liquidar, si es que no enloquezco antes. Me acuesto y me levanto vacía del coito. La mayoría de las veces no alcanzo a empezar y cuando me he excitado unos gramos él termina y se da la media vuelta. Mi marido cree que se desempeña bien y jamás toma posesión de mí –dice ella, alarmantemente escaldada.

-Si no te obsesionaras tanto con Faustino e intentaras recomponer la intimidad con tu esposo poniendo de tu parte ardor y voluntad, tal vez tu escenario cambiaría. En un tango se necesitan dos. Manoséalo más, con gemidos actuados, como comienzo. Pienso que dentro de él hay un buen amante, pero debes ayudarlo tú, con algunas iniciativas sensuales. Pídele un milagro a la Virgen de los Milagros, en tu próximo viaje a España –le responde la almohada.

-No hay romanticismo, mi esposo no me estimula, no me persuade. Es respetuoso y atento conmigo y es claro que suavemente intenta agradarme. Eso lo reconozco. Es que él nunca me posee, nunca me rapta, es como si me tuviera un poco de miedo. Tal vez estoy condenada a no amarlo nunca, a desearlo poco. Todo es terrible –expresa una patética Isi.

-¿Y no has evaluado que tú puedes ser la que lo estimule a él? Salva tú misma tu propio matrimonio –le argumenta la almohada, algo molestada.

-No sé si esa conducta sea propia de una dama. La iniciativa es del varón, creo. Hasta se malinterpretaría el que sea yo quien lo desvista con agresividad. A veces me gustaría ser belicosa en la cama con él, y siempre hay algo que me detiene, siempre –recalca Isi.

-Lo que no corresponde a una dama es fornicar descarada y mentalmente con el expololo, con tu fruto prohibido. Y sí es propio de una mujer avispada intentar llevar con astucia femenina un poco de erotismo a la alcoba. Tus orgasmos aparatosos en sueños con Faustino son una indecencia. Estás fuera de lugar. Eres una impenitente – señala una almohada enojada.

-¿Y qué haré con mis pezones rígidos? – consulta ella.

-Ponerlos sobre Guillermo con algún estimulante –concluye el cansado cojín de cabecera.

-Mi marido me ve como la madre de nuestros hijos, como una devota de la Virgen de Andacollo, no como a una hembra a la que desea perversa e impetuosamente. Él se refrena también. Creo que esa es la semilla de mi insatisfacción sexual demencial. También he deseado que mi marido me viole –plantea Isidora, que porta dentro de sí una ninfómana y no lo sabe.

-Si la energía que le entregas a tu amor platónico la traspasaras con furia a tu lecho marital serías una señora feliz con tu esposo pasado algún tiempo, niña infantil. El fuego sexual en una mujer es normal, no te asustes. Tus esfuerzos son nulos. El erotismo dentro del matrimonio es un placer bendecido por el Creador. Siempre fuiste una mujer caprichosa que obtenías todo, absolutamente todo lo querías, y como Faustino ya no es de tu propiedad, quieres volver a tenerlo, porque lo deseas, con una paranoia impresentable. Y si tu exvecino no existiera seguramente desearías a otro, porque tu alma es amiga del peligro. Cuando eras soltera lo despreciaste desahogadamente, varias veces. Te hacías de rogar, con todos –le replica la almohada.

-Se casó después sin avisarme y es verdad, nunca le dije todo lo que sentía por él, porque especulaba que no correspondía. Lo nuestro era un amor juvenil puro. Además la mujer bonita era yo y él era solo un admirador más, el más apuesto, al que terminé amando en demasía. Cada día que pasa lo codicio más. Últimamente todas las semanas me imagino con él, baboseándolo. Es una inmoralidad el solo sospecharlo, mas supongo que amo a Faustino, que siempre era tan tierno, guapo y educado. Si el obispo de la Obra supiera lo que realmente soy y siento por mi exvecino me quemaría en la hoguera a fuego lento. No sé lo que realmente sucede en mí –señala Isi.

-Ese pecado no se lo confieses a nadie, menos a ese párroco que te mira con ojos de sapo, con el falsificado disimulo de las sotanas lascivas – expresa la almohada.

-¡Estás loca!, mis ofensas al Señor no existen, son virtuales. Lo que me sucede es que en los momentos cumbre de mi insatisfacción íntima me acuerdo de él, a veces, y todo mi ser interno zapatea desfachatadamente. He fantaseado que me abalanzo sobre él desnuda –Isi se descarga sin pudores.

-Eres una desvergonzada –le contesta el cojín.

-Yo diría que soy una inmoral. Varias veces he soñado que lo secuestro y que nos vamos un fin de semana a un valle a desatar el volcán que vive en nosotros, o al menos el que vive en mí.

-Estás cada día más enferma –le replica su amiga de género blanco.

-Sí, estoy desvariando de verdad y todo mi ser arderá en el infierno. Seguramente me estoy enfermando de algo. También he considerado seriamente como posibilidad el que esté poseída por Satán. El purgatorio no me servirá de nada y ni siquiera me puedo confesar. Moriré con esta llama dentro de mí. Espero no descomponerme. Deshonrar a mi familia sería un crimen y la excomunión mayor –concluye escolásticamente Isidora Gabillón.

-Por favor, por favor, no lances tu trasero por el ventanal. Que no te tiemblen las piernas. Mantén la dignidad y actitud de una señora casada, de tu clase –le aconseja la almohada, que ya presentía algún revés.

-Tal vez mi único problema es que soy anormal y simplemente no lo reconozco. Estoy mal de la cabeza. Estos silenciosos soliloquios me van a pulverizar –remata Isidora.

Después de sufrirlo todo, de cuidar las formas adecuadamente, de intentar comportarse como una señora educada de “Las devotas de María” por años, se decide a llamar a Faustino a su oficina sin medir los desenlaces, aunque el presbítero la estigmatice. Ya no da más. La vida es una y breve y ser una heroína de la desdicha por guardar las apariencias era ridículo. Hastiada de todo opta por ser audaz e imprudente, juguetona. Era mayo de 1992 e iba a celebrar su séptimo año de matrimonio, como era lo acostumbrado, porque se trataba de ella.

-Aló, ¿estará don Faustino?

-De parte de quién señorita –pregunta la secretaria.

-De parte de “una lacrima sul viso”.

-Disculpe, no entiendo nada, está bromeando.

-No se preocupe señorita, don Faustino va a entender de inmediato quien soy cuando le indique esta canción italiana.

-Espere un momento.

La secretaria le indica al gerente general que una misteriosa señorita se presentó por el teléfono con el título de una canción italiana de Bobby Solo. Faustino comprendió todo ipso facto y se comunicó con ella en un tris.

-Aló.

-Hola Faustino.

-Isidora Ignacia, ¿eres tú? –su llamada lo impactó.

-Sí, Faustino, soy yo –ella tiembla por dentro, como una quinceañera.

-¿Cómo está la mujer más hermosa y escultural de Santiago?

-Aquí estoy, casada, con dos hijos y algo tristona. ¿Cómo está el galán de Vitacura?

-Aquí estoy también, intentando hacer crecer mis empresas. Me va bastante bien.

-No me extraña, también eres un tipo inteligente e intuitivo. Siempre se aprende algo conversando contigo –lanza su indirecta provechosa.

-Obviamente parlotear contigo es un deleite. Me gustaría hacerlo en vivo y en directo. ¿Puedo invitarte un café? ¿qué te parece?

-Sí, invítame. Será todo un agrado –acepta de inmediato, sin volteretas.

-¿Qué te parece en “La Gaita”, mañana viernes a las cuatro de la tarde?

-Ahí estaré mañana, a la cuatro –lo expresa en estado de pánico.

Ella pasó la noche del jueves entre el miedo y la sensualidad, entre un romanticismo insensato y la lujuria, entre el pecado y el placer carnal. Si alguien se entera de un desliz de la señora Isidora sería un cataclismo. Ella le temía más al descrédito que a una eventual infidelidad. Se acicaló adecuadamente y fue puntual. Faustino, era un hombre de familia con reiteradas aventuras extramaritales. Era rico, joven, guapo y simpático, y le llegaban ofrecimientos femeninos de todos lados, y aceptaba algunos, en la hora de almuerzo. Ya no era el joven que Isidora conoció, definitivamente. Eso sí, amaba a su esposa Trinidad sin vacilaciones, sin soliloquios. Él la esperaba sentado desde hace quince minutos. Pidió un lugar más reservado en la vieja “Gaita”. Ella aparece, relumbrante.

-Hola Isidora, te ves estupenda como siempre.

-Hola Faustino, te ves como el galán que eres.

-Ya no, he subido unos kilos, a pesar del tenis.

Hablaron de todo lo cotidiano, de sus penas, por cincuenta minutos, e Isidora no podía disimular su amor, su apetito o lo que fuera. Faustino, de tanto acercársele le dio un beso que la elevó a las nubes. Ella le respondió con una fogosidad desbocada que terminó en un motel discreto y elegante que él conocía muy bien. Ella entre tanto manoseo y pasión derramó algunas lágrimas insignificantes, como si fuera una joven enamorada tonta. Ya no la torturaba ninguna almohada estúpida. Él no iba a desperdiciar el acariciar e intimar con una mujer hermosa, aunque a ella le vinieran reminiscencias juveniles. Ella era un cráter que explosionó a gusto y con descaro. Rejuveneció, carcajeaba sola. Tomando las máximas medidas de seguridad se empezaron a visitar casi todos los viernes después del almuerzo, con juegos eróticos, risas y tragos. Ella lo desvestía, lo acorralaba en el baño, lo manoseaba con frenesí y no se le despegaba. A los tres meses deciden sólo conversar, resumir. Es que afuera de la ventana del hotel también había una bulliciosa marcha, que les perforó el ardor, de ciudadanos que ponían su grito en el cielo por los ampulosos abusos de la salud y previsión privadas, las famosas Isapres y AFPs. Y se sentían algo desganados.

-¿Te acuerdas todo lo que me amaste? –lo dice moviendo las pestañas.

-Sí, yo me habría casado contigo de inmediato. Te adoraba.

-Si me hubieses secuestrado, yo me voy contigo al extranjero o a donde sea, te lo juro, y hoy seríamos felices.

-Isidora, te repito que eso habría sido una humillación para tus padres.

-Mis padres fueron los que me doblegaron, los que me condenaron a la desdicha. Me vieron como una inversión a largo plazo y nada más. Yo era un activo.

-No condenes a tus padres, ellos actuaron con la racionalidad del caso.

-Faustino, ¿me amas todavía?

-Isi, de que hablas, eso ocurrió hace tanto tiempo.

-¿Te queda un poquito de ese amor juvenil?

-De nuestro pololeo guardo los mejores recuerdos, de todo lo que te idolatraba.

-¿Me amas un poquito hoy? –es una pregunta algo bochornosa.

-No me pongas en esa encrucijada. Yo amo incondicionalmente a mi esposa Trinidad, lo sabes.

-Entonces para ti soy una amante ocasional más, la perra de turno.

-Por favor, no dramatices todo, no te deprimas tan fácilmente, no te expreses de esa forma. Me alegra el haber pololeado contigo y me alegra el estar en la cama contigo. Eres peligrosamente ardiente. Sí, casado contigo habría sido dichoso, mas eso no sucedió.

-No solo te entrego mi trasero, también me entrego yo. ¿Comprendes mi lío existencial y emocional? De ahí viene el fuego. Una pregunta teórica: ¿Te arrancarías conmigo a un nuevo país mañana?

-Isidora, deja las cosas en su sitio y tranquilízate. Yo amo a Trinidad y jamás me voy a divorciar de ella, jamás. Disculpa mi sinceridad.

-Parece que fuiste bendecido con una buena esposa.

- La Trini es espectacular, un tesoro –Faustino anhelaba empezar a desmarcarse de la insistente Isidora.

-Entonces soy para ti una amante temporal, y sólo eso. Que triste es saberlo, que poco valgo.

-Por favor, no lo plantees así. Me agradó verte, posees también un cuerpo soñado.

-Yo quería que mi cuerpo soñado fuera tuyo toda la vida. Dime ¿por qué esa gente de allá afuera alega tanto? – Isi cambia de tema bruscamente, y entra en el área financiera en donde él es un experto, porque notó el agotamiento de Faustino, ante tanta necedad y presión femenina.

-Tampoco están conformes en democracia. Pretenden reformar la previsión y la salud en Chile y más.

-En mi casa se crearon las AFP, creo.

-Don Benjamín fue uno de los estratégicos gestores de las privatizaciones de las empresas públicas, de las AFP e Isapres. En cierta manera el modelo neoliberal se diseñó en casas como la tuya, al menos una parte. Si hoy existe una constitución política partidaria, impuestos bajos, una legislación laboral flexible, una escasa fiscalización del Estado, es gracias a hombres visionarios como tu gran padre. La economía de la patria crece a buen ritmo. Sólo les faltó privatizar el banco central jajaja.

-A mi casa iban ministros, subsecretarios, directores, obispos y todos.

-Toda la elite conoce y respeta a tu papá.

-Espero que el congreso no fastidie mucho. Me aburren sus discursos.

-No te preocupes, el congreso está en el bolsillo de la elite –lo dice sin arrugarse.

-Y tanta protesta no es un tropiezo?

-Es parte del juego, déjalos que griten, nunca se satisfacen. La Moneda es razonable, no va a permitir que el despelote se generalice. Todo está bajo control y Chile continúa progresando. La cabaña del tío Tom está establecida y limpia y los barracones no se van a sublevar. Aprendieron a apreciar el crecer con paz y orden. El galeote es sumiso, con algunas excepciones. Que cada uno ocupe su lugar –sonríe socarronamente.

-Sabías que la fortuna de los Gabillón posee un pasado algo truculento –bromea un poco, relajándose, con un vaso de champagne en la mano.

-Disculpa Isidora, esas son tonterías. Todo patrimonio y familia poseen sus manchas, su pasado. Los inmaculados no existen. No escuches a los envidiosos. Don Benjamín es un triunfador y punto, un adelantado. Además, el banquero que juega limpio quiebra.

-Hablas como mi padre. Debiste ser mi esposo.

-Yo respeto y aprecio a tu padre, y tengo una maravillosa esposa. Lo correcto es que no nos veamos por un tiempo, disculpa –está cansado del romanticismo impropio de Isidora.

-Ahora quieres deshacerte de tu perra ocasional –su depresión es evidente.

-Otra vez con lo mismo –levanta la voz-. Cada uno posee su vida y responsabilidades. Lo nuestro por ahora se termina, lo siento. Tal vez no veamos en otra oportunidad –él necesita un desahogo, se lo dice con cariño y la voz baja. Isi dejó de ser divertida.

-Lo acepto, lo acepto, lo acepto, no te rogaré más. Está bien, nos vemos. Cuando escuches nuestra canción italiana acuérdate de mí, por favor. Es lo único que te pido –ella desiste, se rinde, al fin.

-Eso haré, te lo prometo –le responde aliviado, y con un beso sin sabor se despiden.

Isidora perdía por segunda vez al que consideraba el amor de su vida. Lo tenía todo desde que usaba pañales y busco en su juventud la forma de casarse con su vecino amado, mas el destino le preparó a su corazón de mujer un camino doloroso e irreversible. Tontamente creyó que viviría o reviviría esa magia adolescente en un motel, al menos fraccionadamente, con un hombre guapo y responsable que estaba dichosamente casado, y se volvió a equivocar. La dura realidad la visitaba nuevamente y ella pensaba que su corazón era un mártir. Por motivos distintos a los de la canción “Una lacrima sul viso” –una lágrima en el rostro-, una lágrima rebelde recorría su rostro, con los puños apretados, encerrada en su baño privado, escuchando su nuevo himno secreto y demasiado popular, de gente humilde: “Sombras nada más”, de Javier Solís. Todo mal otra vez, a ella nada le sale bien. Los caprichos de las poderosas también sufren derrotas. Al principio fue Faustino quien le rogó que se acordara de él mediante la canción italiana, ahora es exactamente al revés, siete años después. La ironía juega su papel determinante en la historia, sin avisarle a nadie.

 

FIN.

 

 

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JAIME FARIÑA MORALES

ARICA-CHILE

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


COTORREO CON ESPINAS


Yo soy profesor de Historia en este helado y abandonado pueblo cordillerano por vocación apostólica, por convicción social. Aquí todo es difícil, heroico, cuesta el triple. Desestimé las oportunidades y segundos empleos que da la capital deliberadamente, pensando en los postergados y analfabetos del campo. Quería hacer patria. Consumé un gran esfuerzo, con alumnos burros y talentosos. El problema es que los inteligentes se ven atrapados en un círculo de pobreza ancestral y milenaria, subyugada a una arquitectura política que no piensa en el futuro del joven campesino capaz, que es un hijo y nieto de jornaleros muy mal pagados, para no decir esclavos. No sé si mi misión posee algún sentido. Últimamente todas las semanas cuestiono mi existencia, y si bien tengo un prestigio bien ganado por mis publicaciones en algunos periódicos de la provincia y mis participaciones como jurado en concursos académicos y mis comentarios radiales en la única emisora local y otros, la depresión me está devastando, entre vaso y vaso de tinto, que es el elemento vital que requiero para inspirar las transformaciones que la nación necesita, cada fin de semana. Mi esposa comprende la situación, de cada viernes en la noche.
-Baldomero, ¿quieres que te planche otra camisa? – es mi esposa Maribel que le gusta verme bien presentado, inclusive cuando voy el fin de semana al bar “El Doblado”, desde hace diez años.
-Maribel, gracias, no te preocupes, estoy listo. Volveré a la hora de siempre – soy yo que cariñosamente me despido y que siempre llego antes de las tres de la mañana, de pie y dignamente, y con unos tragos demás, de vez en cuando.
Caminando por vías de barro seco y en plena noche, me dirijo abrigado al salón bar con mi perfil de intelectual, el único lugar de entretención varonil en este aburrido pueblo, en el cual se juega pool, naipes y se bebe muy buen vino tinto. Y aunque el sitio es una humareda con ebrios malparados y a veces maltratados, mis comentarios sociopolíticos son bastante apreciados por los contertulios, sobre todo después de la una de la mañana. Cuando llego al bienquisto salón me voy raudamente y con toda la sutilidad a mi taburete de la esquina a relajarme un poco, de lo contrario no pierdo mi timidez y mis ponencias se transforman en un fiasco, ya que no concateno bien tres palabras sesudas. Con mi lengua mojada soy un conferenciante de estirpe. Necesito un vaso de vino, de entrada, siempre, como motivación primera antes del discurso.
Pasado la medianoche, algunos cófrades del dominó me solicitan que realice algún análisis breve de la contingencia local o nacional, que no dura más de cinco minutos, un poco en broma un poco en serio, que incluye el fútbol y otras frivolidades. Recibo aplausos y brindis. La pobreza a todos nos afecta, es pariente de todos, y cualquier píldora verbal nos tranquiliza un poco.
De lunes a viernes, entre las 8 y 17 horas, soy el sobrio y reconocido profesor de Historia, toda una autoridad, que le traspasa conocimientos y valores éticos a los educandos, a veces chúcaros. Son casos como el del joven Filiberto los que me desmoralizan. Era un alumno particularmente talentoso que terminado segundo medio se tuvo que ir al campo a trabajar junto a su familia, que era pobre como una rata. Analizaba la revolución francesa, la reforma protestante, la revolución bolchevique y el tema que le pusieran sobre la mesa, como nadie. El viernes a las dos de la mañana llegué de “El Doblado” muy mal, con un discurso que se refería al desperdicio de los talentos en nuestro pueblo rural, dejándolos a todos muy tristes, y hablé con mi querida y comprensiva esposa.
-Baldomero, ¿quieres un café, para pasar las penas?
-Sí, mi adorable Maribel.
-Serénate, tú no eres el culpable de lo ocurrido al buen Filiberto y los otros cientos de jóvenes campesinos. La vida es así.
-No lo sé, no lo sé, tal vez sí. Tal vez debería marchar una y otra vez, alegar hasta por los codos, poner el grito en el cielo, quemarle un neumático al Presidente de la República. Soy responsable, todos lo somos. Soy un cobarde que se refugia detrás de un vaso de vino tinto, cada viernes.
-Tú bebes poco, sólo los viernes y no cambiarás el mundo.
-Si todos pensamos así, estamos perdidos. Algo tendré que hacer, no sé qué, nada se me ocurre. Nunca se me ha ocurrido nada en estos decenios.
-Eres un gran profesor, un profesional de reconocido prestigio y estás a punto de pensionarte. El alcalde y mucha gente asistirá a tu despedida. Siéntete orgulloso de todo lo que has hecho, por favor, y no llores más. Pone en la balanza tus cuarenta años y verás un árbol con buenos frutos.
-Maribel, tienes toda la razón. Esta apenada historia ya terminó.
Asentí con la cabeza y me fui acostar. El lunes me presenté lúcido a las 8 horas, como siempre, y después de cuarenta años de servicio, me retiré, con la frente en alto y una angustia en mi alma, que ya es un síndrome. No volveré a escuchar esa campana que llama a los alumnos a educarse y a soñar con un futuro mejor.


FIN


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JAIME FARIÑA MORALES
ARICA-CHILE