CORAZÓN
MÁRTIR
La
familia Gabillón era de alcurnia, de la cúspide. El padre, don Benjamín, era un
hacendado, exportador y accionista pesado de un banco, entre otros tantos, en
el cual trabajaba de sol a sol como ejecutivo buscando inversiones, nuevos negocios
y productos en cualquier sector de la economía. Pertenecía a la lista de los
diez hombres más ricos del país y a uno de los grupos financieros e
inmobiliarios que movían los hilos de la amada patria. Eran el verdadero poder
y La Moneda
era solamente el eterno cómplice, sin importar quien residiera temporalmente allí.
Poseía un importante y grueso portafolio de activos, sobre todo en la
supuestamente impredecible bolsa de valores. Él no solicitaba información
privilegiada, la daba. Una de sus misiones era mantener una gran amistad con
todos los gobiernos y políticos de turno y colaborar en lo que fuera posible,
siempre que la aberrante sombra del estatismo o populismo no aparezca. La
demagogia es el caos. Sin sobresaltos, todos sus hijos e hijas se casaron con
el tiempo en la misma parroquia y con confiables sacerdotes del Opus Dei o
equivalentes, hasta que apareció el séptimo hijo, el conchito, que resultó ser
una preciosa y rizada señorita, que fue bautizada con el nombre de Isidora Ignacia,
el año 1965. Tenía ocho años de diferencia con su hermana inmediatamente mayor.
A la Isi la
malcriaban sus padres, sus abuelos, sus hermanos, sus tíos, las nanas y el
resto del planeta. En cierta manera empezó a ser una niña insoportable y
excesivamente caprichosa desde la cuna, y eso trae sus derivaciones. Cuando era
tozuda era inaguantable. El padre se sometía con fluidez y babas a las más
singulares extravagancias de su postrer retoño. Isidora estudió en el exclusivo
colegio “Las devotas de María”, en la que le enseñaron todo sobre el apostolado
de ser una madre piadosa y una abnegada y fiel esposa, según los estrictos
dictados de la Madre Iglesia,
y los propósitos de la familia, aunque ingresara a la universidad. El primer
requisito de las alumnas es ser damas compasivas y comportarse como tales en
todo instante y lugar, con una profunda fe en Dios, María y los santos
correctamente canonizados. Todos sabían la ira que le producía a don Benjamín
los anarquistas, contestatarios, rebeldes, rojos, ateos y libertinos, a los que
él consideraba la escoria. Si uno de sus hijos hubiese optado por este
desgraciado camino del mal habría sido desheredado en tres tiempos. Naces como
un católico conservador y te mueres así y punto. Amas a Dios, a la patria y a
la familia y punto. Y no explores otras definiciones de patria. Don Benjamín se
incomodaba con los sermones del evangelio social y transformador que oía en
alguna homilía oficial de vez en cuando. No hay un milímetro de espacio para
los licenciosos, insurrectos o cuestionamientos. La primera comunión de Isidora
Ignacia fue un acontecimiento de la alta sociedad. Y si bien en la secundaria había
besado en secreto a dos jóvenes a ella le gustaba su vecino cercano Faustino,
que si bien era de muy buena situación económica, no se podía comparar con los
Gabillón. El guapo Faustino e Isidora hicieron juntos la confirmación e
iniciaron un romance secreto, con la reservada venia posterior de la madre,
doña Matilde. Faustino no hizo la Confirmación a su debido tiempo y aprovechó
la coyuntura para conocer más a Isidora, en las clases de preparación en la
parroquia. El primer beso fue una larga batalla, tanto, que le compró una
canción. Ella, con sus dieciséis años disimulaba muy bien su profundo y juvenil
amor, como la señorita que era. El apuesto y respetuoso Faustino, hostigado por
varias féminas, no ocultaba en ningún minuto su amor y profundo fervor por
Isidora y la cubría de elegías y adulaciones, hasta acomplejar a Bécquer. Doña
Matilde, supernumeraria del Opus Dei, la autorizaba a salir siempre que fuera
con otras amigas, en grupo, y a lugares y con horarios debidamente inspeccionados,
y con discreción. Algunas millonarias eran algo modernas o progresistas, ella
no, nunca. Al primer desliz o tontera Isidora se queda sin admirador y sin
nada. Su santa madre la veneraba, mas en cuestiones de principios no transaba
jamás. Obviamente el pololeo de ellos no era de todos los días. La antojadiza Isidora
sabía que terreno pisaba en toda hora y lugar, y el diplomático Faustino se
adaptaba a todo con tal de consentir a la que el veía y soñaba como su futura
esposa. La consentida joven era, en general, coqueta con él. Después de un año
juntos varias veces se habían manoseado con cierta pasión sin llegar a mayores,
sin corolarios que lamentar, en el automóvil especialmente, cuando se quedaban
solos. Es que físicamente no estaban muchas horas solos. Un día cualquiera del
verano de 1983 Faustino golpea la puerta de su amada y la encuentra sola en su
casa, sin nanas y sin su madre, que fue a un herbolario con cierta urgencia,
por media hora. Isidora se abalanzó sobre él y lo besó fogosamente y él, que
intentaba ser recatado por miedo a fallecer en la hoguera en manos de sus
suegros no resistió más y respondió con una desordenada efusión y le tocó todo y
le besó casi todo, ciegamente. La resistencia apostólica y mariana de ella fue
nula, es más, la primera iniciativa libidinosa es de su autoría. En medio de
los palpamientos impúdicos e impetuosos Isi escucha el sonido de la reja o
puerta externa de su casa y se acomodó la ropa en cinco segundos y se sentó en
la escalera de afuera con su galán enamorado, presurosamente. Si se demora más
de la cuenta en poner las prendas en su sitio hoy Isidora estaría posiblemente
excomulgada y denigrada por su familia.
-¿Qué
haces en la escalera? ¿por qué no haces pasar a Faustino? –pregunta una
extrañada Matilde.
-Mamá,
no hay nadie adentro y decidimos esperarte aquí. Faustino ya se va, sólo quería
darme un regalo –señala Isi.
-Eso
me parece muy prudente. Chao Faustino, que te vaya bien.
-Hasta
luego señora Matilde.
La
joven lo acompaña hasta la puerta y se despidió de él con un débil beso en la
mejilla. A Isidora le gustaba mucho Faustino, de pies a cabeza, desde que lo
vio. No podía gritarle al viento su hondo amor, tampoco a su mamá. Era un amor
juvenil, idílico, tal vez algo enfermizo. Ella era veleidosa y eso no ayudaba
en nada.
En
el refinado club Vitacura los jóvenes del barrio alto se juntaban con sus
familias para celebrar navidades, fiestas patrias, cumpleaños y otros, y
generalmente Isidora era el centro de mesa, la estrella, ya que además, bailaba
bien y era agraciada. Desde niños nunca faltaron Faustino y Guillermo, que eran
siete años mayor que ella. Estos dos eran los partidarios más destacados, entre
tantos. Ella disfrutaba siendo una muñeca presumida y sutilmente provocadora. Guillermo
Prado no se quedaba atrás en odas y alabanzas, aunque su atractivo era más
limitado. En la navidad de 1984 don Benjamín lanza en su casa una bomba de
racimo que Matilde presentía, por el perfil de los reiterados comentarios de su
cónyuge, de los últimos meses, y que no fue posible soslayar.
-Querida
esposa, si Isidora se casa con el ingeniero Guillermo podemos unir las fortunas
de los Gabillón y los Prado y ser así juntos los accionistas casi mayoritarios
del banco Lemet. Imagínate casi el 40% de las acciones y de otras inversiones quedarían
en las dos familias. Es por lo que mis padres y yo hemos batallado toda una
vida. Difícilmente el futuro se puede ver más esplendoroso. Isi sabrá cumplir
con su deber de Gabillón, sin cursilerías, lo sé, lo sé – expresa un emocionado
padre, que planificaba un matrimonio por conveniencia soterradamente, casi
involuntariamente. Estaba vendiendo a su hija.
-Benjamín,
tú sabes que Guillermo ha perseguido con energía siempre a Isi, pero ella no lo
ama, sólo lo tiene como un buen amigo –replica ella.
-Isidora
Ignacia no ama a nadie, no está comprometida con nadie. Tú la has cuidado bien
y está oportunidad no la dejaré pasar. El amor vendrá con el tiempo. Mi bisoña hija
tiene un deber sagrado que cumplir, y esto siempre va primero. Hay decenas de
millones de dólares en juego y más, en los años venideros. Dependemos de este
matrimonio y una Gabillón no eludirá su responsabilidad. Obviamente tengo tu
total apoyo. Ya hablé con los padres de Guillermo y también entienden que hay
muchísimos activos en juego. Además el inteligente Guillermo tiene pensado
realizar grandes inversiones y proyectos en muchas áreas. Es una mente
brillante, inquieta, ambiciosa. Es un Henry Ford. Matilde, tu compromiso moral es
explicarle a Isi el sabroso, espectacular e insuperable escenario financiero y
familiar que estamos construyendo. Esta oportunidad no se presentará dos veces
–señala Benjamín con infinita alegría y esperanza.
-Benjamín,
no será muy apresurado. Isi va a cumplir recién diecinueve años –indica Matilde
tratando de postergar la fija boda.
-Esperar
más tiempo, ¿para qué? Para que se enamore de un aventurero, de un hombre de
patrimonio limitado, de un trepador encubierto, de un emprendedor de última
hora. Matilde, ¿escondes algo? ¿Guillermo es muy feo?
-¡¡No
me ofendas!!, tú sabes que soy transparente y que te apoyo en todo lo que sea
beneficioso para la familia. Guillermo no es feo y es varonil –contesta así obligadamente
y levantando la voz, por ser una encubridora en peligro.
-Mis
otras tres hijas se casaron muy bien, mas la boda de Isidora va a hacer
historia. Invitaremos a toda la aristocracia criolla. Si hasta la esposa del
general Pinochet me señaló que le encantaría asistir a la boda del siglo, en
una conversación distendida que tuvimos en La Moneda. Mi general está
ocupadísimo. Sólo falta el responsable sí en el altar de mi hija y programa
cerrado. A ella le he dado de todo, no me fallará. Matilde, encárgate de todo
lo sentimental y yo de lo económico. Necesito de tu absoluto apoyo en estas
semanas decisivas, sin titubeos – sentencia el patriarca de los Gabillón, que con
convicción y perspectiva juega sus fichas.
-Benjamín,
yo te ayudaré en todo, con la boda del siglo, con la vehemencia acostumbrada.
Esto nos conviene a todos y es un premio a tu infatigable lucha por todos
nosotros. Ambos son los herederos perfectos del reino.
-Gracias
esposa mía por comprender rápidamente y colaborar siempre. ¿Qué haría sin ti?
Matilde
le permitió pololear en secreto a su hija y ahora debía afrontar las ramificaciones
de los besuqueos, porque la mimada Isidora estaba enamorada de verdad. Eran
demasiados los millones de dólares en inversiones jugosas y ella no le iba a
cerrar la puerta de una prosperidad obesa a la familia por un amorío juvenil
pasajero. Isidora entenderá el contexto y asumirá con altura de miras su obligación,
seguramente. Cualquier afán adolescente será desestimado. Se lo explica a su
hija con pinzas, en su lujosa habitación de soltera.
-Isi
debo conversar contigo un asunto delicado –el rostro se le empalidece.
-Dime
mamá, ¿qué sucede? –Isi algo sospecha, por las señales de los últimos meses y
los obsequios lisonjeros y caros de Guillermo.
-Hija,
tu padre y los Prado han llegado a un gran acuerdo. Ellos están convencidos que
el glorioso futuro pasa por tu matrimonio con Guillermo. Tú sabías que un acontecimiento
como este llegaría, y el joven Prado te adora.
-Mamá,
¡se volvieron locos!. Yo sólo amo a Faustino, y si bien el educado Guillermo es
un buen pretendiente, es mi amigo y nada más. ¿Cómo me voy a casar por dinero?
¿soy yo una acción de la bolsa de valores, una dama de compañía? Es increíble
que no participe en la decisión más importante de la vida de una mujer.
-Es
un amigo que te ama, que ha insistido contigo. Faustino se ha interpuesto en
cualquier relación que pudiste haber tenido con él. Le bloquearon toda
posibilidad a Guillermo, y yo soy un poco culpable.
-No
amo a ese tipo mamá, no me casaré con él. Prefiero morir, huir. Mándame a estudiar
al extranjero cualquier carrera.
-Isidora
Ignacia, mantén la compostura de una señorita de tu clase. A tu padre no le
podemos hacer escenas y menos un escándalo. En esta vida que es dura, todos
tenemos que ceder. Guillermo vendrá a pedir tu mano un mes más, con ambas
familias de testigo. Tu primer deber es terminar secretamente con Faustino
explicándole en detalle todo. Él comprenderá todo, créeme. Es un muchacho
inteligente. Hoy, Benjamín y tus seis hermanos cifran sus esperanzas en ti, en
que actuarás rectamente, por el beneficio de todos. Tus hermanas hicieron algo
parecido, con el visto bueno de tu papá. Cada oveja con su pareja. Fuiste
educada para este día.
-¿Y
quién se preocupa de mi beneficio emocional?
-¡Malcriada
egoísta!, todos hemos pensado siempre en ti. Y esta boda a la primera que
beneficia es a ti. Tus hijos serán tan o más importantes que tu propio padre,
si te conduces con sabiduría y prudencia. Vas a ser una de las mujeres más
importantes de la república. Reflexiona en profundidad sobre el futuro de tus
hijos. Te hemos dado todo lo que has solicitado. Has sido una agasajada
insoportable muchas veces. Tu padre ha sido tu aliado y protector siempre, en
todo, a veces en contra mía. Hasta he discutido con tu padre por la forma
exagerada en que te regalonea. ¡Primero está la familia!, el porvenir de todos.
¡Vas a vivir como una princesa!
-
Por favor mamá, ¡ayúdame! Yo amo a Faustino y mis hijos con él van a ser
felices. Busca una triquiñuela. No ansío ser una princesa afligida.
-Toleré
tu amor juvenil. Te comportarás como una Gabillón e irás al altar de la mano de
Guillermo. Si desilusionas a tu padre o le rompes el corazón yo misma te moleré
a palos. ¿No te gustó jugar a ser coqueta con Guillermo? ¿no te gustó jugar a
enamorar a los hombres? Pues bien, lo lograste. Guillermo te ama y tu padre y
los Prado ya prepararon todo. El mundo de los negocios es cruel. Autoricé disimuladamente
tu amorío, confiando en ti, en tu criterio, llegada la hora cero. Ahora podrás
coquetear con Guillermo todos los días de tu vida -concluye Matilde,
melancólica, irónica y enfadada.
Matilde
lloraba en el más imperioso silencio la desdicha genuina de Isi, mas no eludirá
su compromiso con el bienestar de todos. No prevalecerá el sentimentalismo, los
anhelos adolescentes. Ella organizará la mejor boda que la alta sociedad haya
visto, por amor a los suyos y a su abnegado marido. A su benévolo Benjamín no
lo va a desencantar, por ningún motivo. Isi ya se acostumbrará a su holgado
destino. Nobleza obliga.
Isidora
maduró por medio de un golpe brutal. Está al corriente que es la heredera a un
trono mercantil que muchas envidian y si decepciona a su padre y familia es el
fin, más el insoportable deslustre público. Ella en varias oportunidades galanteó
con Guillermo, entre otros, como la niña mimada que era, generándole
inconscientemente expectativas románticas desproporcionadas. Le resultó gravoso
ser aprendiz de vampiresa. Pues bien, ahora está locamente enamorado de Isi y
pedirá su mano aunque tenga que mover el cielo y matar dragones, y ella le
aceptará con decoro y feliz, como parte del aciago guion. Don Benjamín cree que
el joven Prado va a ser su primer amor o romance, y el único. Isi se prepara
adecuadamente como una Gabillón a posesionarse de su tarea dentro del
quisquilloso clan, sin devaneos. Don Benjamín no toleraría otra cosa, perdería
la razón. Ha trabajado como una mula por un día glorioso como éste. Su primer
dramático paso es hablar con el hombre que ama, con Faustino en el cauteloso
café “La Gaita”
de Las Condes.
-Faustino,
mis padres han arreglado mi matrimonio agudamente. Conjeturan que lo mejor es
que yo me casé con Guillermo y consolidar y acrecentar así el patrimonio de los
Gabillón y de los Prado. Te amo y estoy desesperada. Beber veneno va contra mi
fe. Esto es una chifladura –intenta explicarse entre lágrimas.
-Prado
siempre te ha perseguido y posee un capital en cientos de millones de dólares.
Comprendo la decisión racional de tu padre, que supone también que Guillermo va
a ser tu primer pololo y único novio, y que por eso no ve ningún tropiezo en tu
corazón. Estoy seguro que perderé la chaveta –dice un abrumado Faustino, que
sospecha lo peor.
-Dime
Faustino, ¿qué haré? ¿huir? ¿huir contigo?
-Si
huyes conmigo deshonrarías a tu madre y a todos los Gabillón, y yo no permitiré
una indecencia como esa. El desprestigio sería eterno. Mi única salida es
llorar como un niño y desearte cabal felicidad. Yo soy adinerado, lo sé, mas al
lado de los Prado soy sólo un pyme exitoso. Ellos son banqueros. La banca mueve
el mundo y el caso está cerrado, lamentablemente. Debes ponerte el traje de
novia, marchar al altar, casarte con él, hacer dichoso a tu padre y cumplir con
todos los deberes de una Gabillón, como dice tu madre, sin dramatismos. Yo
intentaré no suicidarme. Cuando escuches nuestra canción “Una lagrima sul
viso”, de Bobby Solo, que una vez te dedicara, acuérdate de mí, por favor, es
lo único que te pido. Marcharé cabizbajo al monte de los lamentos –Faustino lo
explica todo con valor e impresionante realismo, llorando con mesura y
facilitándole de esta manera las cosas a la mujer que idolatra. La canción italiana
describía, también lo que le había costado besar por primera vez a la
escurridiza Isidora Ignacia, según él.
No
hubo muchas palabras más, esquivando una tragedia griega mayor. Ella le dio un
fuerte beso en la boca, el último, en la escalera del café. El sabía que había
perdido la batalla y emprender una retirada digna y resuelta era lo aconsejable.
Pelear con la banca es inadmisible. La pesada y brusca realidad, tarde o
temprano, los visita a todos. Un violento rayo del cielo los despedazaba sin
misericordia alguna. A Faustino no lo sirvió de nada ser adinerado, joven,
profesional, laborioso, inteligente, católico, guapo, complaciente, educado, tierno,
sano y ser amado por la involucrada. En algunas ocasiones tenerlo todo no sirve
de nada. En las batallas del amor muchos soldados han caído, algunos
miserablemente. Faustino camina con la frente en alto, con sus dignas heridas
de guerra.
A
la semana después Guillermo asiste a una cena que Matilde preparó con
abnegación con el propósito de acercar los intereses comunes y a los dos
jóvenes, que conversan entre sí en un pequeño balcón preparando casi espontáneamente
su devenir. La conducta de la señorita Isidora será intachable. No hay lugar
para sensiblerías o salidas de madre.
-Isidora
es un placer estar al lado de una estrella de cine como tú, espero que te hayan
gustado mis versos y obsequios. Puse en ellos todos mis bríos, aunque me queda
claro que tu belleza empalidece toda obra de arte –expresa un iluminado
Guillermo.
-Una
vez más te comportas como todo un duque. Eres un trovador talentoso y agradezco
tus bellos halagos y regalos –responde ella con respeto y un afecto restringido.
-Isi,
concédeme el privilegio de aceptarme una invitación al cine este fin de semana
–lo expresa cruzando los dedos.
-¿Al
cine? no veo ninguna dificultad. Me agrada el cine. Tendrías que pedirle permiso
a mi papá –ella inicia su rol, a duras penas.
-Ya
sabía que te agradaba el cine. Voy de inmediato donde tu padre.
El
joven Prado se dirige hacia donde don Benjamín lleno de dicha.
-Don
Benjamín, autoríceme a ir al cine con Isidora. Ella ya me concedió el placer de
aceptar mi invitación, por favor –dice el cortejador con una impresionante
formalidad.
-Por
supuesto mi querido yerno. Con un hombre distinguido como tú mi regalona Isidora
asistirá encantada al cine y a donde ustedes quieran. Además, ustedes dos hacen
una pareja fenomenal, se los digo desde ya -exclama con regocijo el patriarca,
mirándolos.
Durante
un mes frecuentaron el cine, el teatro, el ballet, centros deportivos y veinte
lugares más. Matilde pensaba que con tanto paseo Faustino desaparecería de la
mente de su última hija. Al menos él hacía más que gustoso su papel de futuro
novio y cónyuge, y se le declara a Isi, sin fanfarria.
-Isidora
Ignacia, te lo he dicho por escrito y verbalmente, y de todas las formas posibles.
Me gustas desde siempre. Te amo con locura sublime. Te ruego que aceptes ser mi
esposa – expresa un nervioso Guillermo, que ya no aguanta más.
-Has
sido cariñoso y educado conmigo y he aprendido a quererte y a valorarte. Me da
la impresión de que no estoy enamorada de ti. Hablo de ese amor del que se
alimentan las bodas ciertas –es una acotación clara de parte de ella, una
notificación honesta, una profecía.
-Con
el que me quieras me sobra. No le pido más a la vida. Con el tiempo vendrá el
amor que falte. Cásate conmigo, te lo suplico, te lo imploro –insiste el
pretendiente invencible.
-El
riesgo es elevado. Tú eres una mente brillante, analiza exhaustivamente tu
proposición. Y si ese amor que falta no llega nunca, ¿qué haremos? ¿Y si somos
unos desdichados? -consulta ella con dudas a un indoblegable galanteador, como
presintiendo algunos sobresaltos en los años que se vienen.
-Ese
amor llegará, te lo prometo. Poseo la suficiente fe y ganas. Yo me encargaré
personalmente. Te suplico que te cases conmigo. Contigo quiero construir una
familia y un imperio. Sin ti estoy acabado, la desdicha contigo es imposible – el
galán, que no atiende otras voces, va a perseverar hasta el fin de los tiempos,
definitivamente, porque Isidora lo tiene embobado, idiotizado, y no es una
exageración.
-Entonces,
¿nos casaríamos bajo tu responsabilidad?
-Sí,
bajo mi total responsabilidad.
-Bueno,
si aceptas las condiciones y hasta estás dispuesto a esperarme con esa tanta fe,
sí, acepto ser tu esposa –contesta Isidora, subyugada por las circunstancias y los
compromisos externos que no rehuirá, regalándole una sonrisa fabricada a pulso,
con el rostro de su padre flotando en el aire. En él el pesimismo está fuera de
todo foco, es irreal.
Ella
intentó sutilmente de que él no le ofreciera matrimonio, con ademanes, gestos y
vocablos de emergencia. De esta forma no tendría que justificarse ante su
padre, por una mano que no le pidieron, y Faustino reaparecería, en gloria y
majestad. Era un imposible, Guillermo estaba estupefacto con su Julieta. Ella
pagaba por su vanidad atolondrada. Isidora Ignacia cumplió con los anhelos de
su querido padre, y esta boda lo llenaría de una total dicha. Matilde se somete
a los designios del destino, que era lo habitual en ella. Isi es la primera en
entregar la noticia. Al ingresar a la casa ve solo a su padre y sin rodeos y
con un entusiasmo dudoso le entrega los detalles de lo acaecido.
-Papá,
Guillermo Prado me pidió matrimonio hoy. Le dije que sí.
Don
Benjamín estalla de alegría: ¡Matilde, ven, ven rápido!
-¿Qué
pasa Benjamín? Salvaguarda la compostura, por favor –le ruega la esposa.
-Matilde,
Guillermo y la Isi
se van a casar, ¡se van a casar! Hay que comunicárselo a todo el mundo. Tengo
que comprar inserciones en todos los diarios de la capital, invitarlos a todos.
Hija mía, me haces inmensamente feliz, más que tus hermanas –Benjamín está
desatado, de júbilo.
A
las dos semanas después Guillermo pidió la mano de Isi ante sus suegros, con la
presencia de sus padres, en una ceremonia que parecía de Estado. Todos los
pasos ya estaban dados, correctamente, bajo la supervisión directa y persistente
de Matilde. Ahora se viene la boda del año, o del siglo, según el entender del
bienaventurado patriarca.
En
mayo de 1985, Guillermo Prado e Isidora Ignacia Gabillón se casan en un templo
de Vitacura, en la cual se invitó a toda la aristocracia criolla, al jet set, con
una fiesta de lujo que fue inolvidable y carísima, y de repente entre tanto
invitado distinguido ingresa la primera dama.
-Isidora,
te entrego este presente en nombre de mi marido y mi familia. Todos esperábamos
este gran acontecimiento. Ustedes dos se ven preciosos y son todo un ejemplo
para nuestra juventud. Disculpa que esté un poquito corta de tiempo.
-Muchas
gracias por concedernos el honor de aceptar nuestra invitación señora Lucía.
Salude al señor Presidente de la
República por favor, a mi presidente, de parte de todos
nosotros.
Faustino
desde un segundo piso del templo observó como el amor de su existencia le daba
el sí perpetuo a un hombre que no amaba y no asistió a la fiesta porque no
correspondía, aunque envió un hermoso regalo. La relación de Matilde y su hija
nunca más fue igual. Ella sintió como una apostasía la actitud de su mamá. Isi
tuvo dos hijos varones y Faustino después se casó con una mujer bella que
terminó siendo una espectacular esposa. Y Ya era 1992, con plena democracia en
Chile. Mucha agua había pasado bajo el río.
Isidora
dormía con su marido sin pasión. Ella suponía que cumplía con sus deberes
maritales porque no se le negaba, y en parte así era. No le inventaba excusas o
dolores de cabeza. Tal vez de tanto pensar en su amor prohibido apegada a su
almohada apagó el fuego que nunca tuvo por su cónyuge. A Guillermo lo atrapaba
cierta timidez. Deducía que no era correcto ser agresivo o audaz en el lecho
marital con una dama y más su frecuente eyaculación precoz producto del estrés
bancario y mercantil lo dificultaba todo. Ciertas tradiciones religiosas puritanas
o de los acomodados no eran un aporte. Tampoco el diálogo sexual entre ellos
era fluido porque esa época era recatada y beata todavía, en ciertos sectores. Y
no ventilarían su intimidad con un sexólogo o sicólogo. Todo mal. De vez en
cuando ella conversaba a tajo abierto y teatralmente, con su almohada, y con absolutamente
nadie más.
-Cuando
estoy con mi esposo, en algunas oportunidades presumo que estoy con mi antiguo
pololo y vecino Faustino. Me da la impresión de que mis formales relaciones
sexuales no van a ningún lado, que son el inicio de nada. No puedo ser caliente.
Que la procreación sea el propósito más determinante en los casorios me parece
horrible. Como los sacerdotes no se casan, jamás me comprenderán. No solicitaré
el sacramento del perdón. No creo que la búsqueda del placer extremo sea una
obsesión impía que ofenda al sagrado sacramento del matrimonio. Este
entumecimiento interno, este hormigueo, me va a liquidar, si es que no
enloquezco antes. Me acuesto y me levanto vacía del coito. La mayoría de las
veces no alcanzo a empezar y cuando me he excitado unos gramos él termina y se
da la media vuelta. Mi marido cree que se desempeña bien y jamás toma posesión
de mí –dice ella, alarmantemente escaldada.
-Si
no te obsesionaras tanto con Faustino e intentaras recomponer la intimidad con
tu esposo poniendo de tu parte ardor y voluntad, tal vez tu escenario
cambiaría. En un tango se necesitan dos. Manoséalo más, con gemidos actuados, como
comienzo. Pienso que dentro de él hay un buen amante, pero debes ayudarlo tú,
con algunas iniciativas sensuales. Pídele un milagro a la Virgen de los Milagros, en
tu próximo viaje a España –le responde la almohada.
-No
hay romanticismo, mi esposo no me estimula, no me persuade. Es respetuoso y
atento conmigo y es claro que suavemente intenta agradarme. Eso lo reconozco.
Es que él nunca me posee, nunca me rapta, es como si me tuviera un poco de miedo.
Tal vez estoy condenada a no amarlo nunca, a desearlo poco. Todo es terrible
–expresa una patética Isi.
-¿Y
no has evaluado que tú puedes ser la que lo estimule a él? Salva tú misma tu
propio matrimonio –le argumenta la almohada, algo molestada.
-No
sé si esa conducta sea propia de una dama. La iniciativa es del varón, creo.
Hasta se malinterpretaría el que sea yo quien lo desvista con agresividad. A
veces me gustaría ser belicosa en la cama con él, y siempre hay algo que me
detiene, siempre –recalca Isi.
-Lo
que no corresponde a una dama es fornicar descarada y mentalmente con el
expololo, con tu fruto prohibido. Y sí es propio de una mujer avispada intentar
llevar con astucia femenina un poco de erotismo a la alcoba. Tus orgasmos aparatosos
en sueños con Faustino son una indecencia. Estás fuera de lugar. Eres una
impenitente – señala una almohada enojada.
-¿Y
qué haré con mis pezones rígidos? – consulta ella.
-Ponerlos
sobre Guillermo con algún estimulante –concluye el cansado cojín de cabecera.
-Mi
marido me ve como la madre de nuestros hijos, como una devota de la Virgen de Andacollo, no
como a una hembra a la que desea perversa e impetuosamente. Él se refrena
también. Creo que esa es la semilla de mi insatisfacción sexual demencial.
También he deseado que mi marido me viole –plantea Isidora, que porta dentro de
sí una ninfómana y no lo sabe.
-Si
la energía que le entregas a tu amor platónico la traspasaras con furia a tu
lecho marital serías una señora feliz con tu esposo pasado algún tiempo, niña
infantil. El fuego sexual en una mujer es normal, no te asustes. Tus esfuerzos
son nulos. El erotismo dentro del matrimonio es un placer bendecido por el
Creador. Siempre fuiste una mujer caprichosa que obtenías todo, absolutamente
todo lo querías, y como Faustino ya no es de tu propiedad, quieres volver a
tenerlo, porque lo deseas, con una paranoia impresentable. Y si tu exvecino no
existiera seguramente desearías a otro, porque tu alma es amiga del peligro. Cuando
eras soltera lo despreciaste desahogadamente, varias veces. Te hacías de rogar,
con todos –le replica la almohada.
-Se
casó después sin avisarme y es verdad, nunca le dije todo lo que sentía por él,
porque especulaba que no correspondía. Lo nuestro era un amor juvenil puro.
Además la mujer bonita era yo y él era solo un admirador más, el más apuesto,
al que terminé amando en demasía. Cada día que pasa lo codicio más. Últimamente
todas las semanas me imagino con él, baboseándolo. Es una inmoralidad el solo sospecharlo,
mas supongo que amo a Faustino, que siempre era tan tierno, guapo y educado. Si
el obispo de la Obra supiera lo que realmente soy y siento por mi exvecino me
quemaría en la hoguera a fuego lento. No sé lo que realmente sucede en mí
–señala Isi.
-Ese
pecado no se lo confieses a nadie, menos a ese párroco que te mira con ojos de
sapo, con el falsificado disimulo de las sotanas lascivas – expresa la
almohada.
-¡Estás
loca!, mis ofensas al Señor no existen, son virtuales. Lo que me sucede es que
en los momentos cumbre de mi insatisfacción íntima me acuerdo de él, a veces, y
todo mi ser interno zapatea desfachatadamente. He fantaseado que me abalanzo
sobre él desnuda –Isi se descarga sin pudores.
-Eres
una desvergonzada –le contesta el cojín.
-Yo
diría que soy una inmoral. Varias veces he soñado que lo secuestro y que nos
vamos un fin de semana a un valle a desatar el volcán que vive en nosotros, o
al menos el que vive en mí.
-Estás
cada día más enferma –le replica su amiga de género blanco.
-Sí,
estoy desvariando de verdad y todo mi ser arderá en el infierno. Seguramente me
estoy enfermando de algo. También he considerado seriamente como posibilidad el
que esté poseída por Satán. El purgatorio no me servirá de nada y ni siquiera
me puedo confesar. Moriré con esta llama dentro de mí. Espero no descomponerme.
Deshonrar a mi familia sería un crimen y la excomunión mayor –concluye
escolásticamente Isidora Gabillón.
-Por
favor, por favor, no lances tu trasero por el ventanal. Que no te tiemblen las
piernas. Mantén la dignidad y actitud de una señora casada, de tu clase –le aconseja
la almohada, que ya presentía algún revés.
-Tal
vez mi único problema es que soy anormal y simplemente no lo reconozco. Estoy
mal de la cabeza. Estos silenciosos soliloquios me van a pulverizar –remata
Isidora.
Después
de sufrirlo todo, de cuidar las formas adecuadamente, de intentar comportarse
como una señora educada de “Las devotas de María” por años, se decide a llamar
a Faustino a su oficina sin medir los desenlaces, aunque el presbítero la estigmatice.
Ya no da más. La vida es una y breve y ser una heroína de la desdicha por
guardar las apariencias era ridículo. Hastiada de todo opta por ser audaz e
imprudente, juguetona. Era mayo de 1992 e iba a celebrar su séptimo año de matrimonio,
como era lo acostumbrado, porque se trataba de ella.
-Aló,
¿estará don Faustino?
-De
parte de quién señorita –pregunta la secretaria.
-De
parte de “una lacrima sul viso”.
-Disculpe,
no entiendo nada, está bromeando.
-No
se preocupe señorita, don Faustino va a entender de inmediato quien soy cuando
le indique esta canción italiana.
-Espere
un momento.
La
secretaria le indica al gerente general que una misteriosa señorita se presentó
por el teléfono con el título de una canción italiana de Bobby Solo. Faustino
comprendió todo ipso facto y se comunicó con ella en un tris.
-Aló.
-Hola
Faustino.
-Isidora
Ignacia, ¿eres tú? –su llamada lo impactó.
-Sí,
Faustino, soy yo –ella tiembla por dentro, como una quinceañera.
-¿Cómo
está la mujer más hermosa y escultural de Santiago?
-Aquí
estoy, casada, con dos hijos y algo tristona. ¿Cómo está el galán de Vitacura?
-Aquí
estoy también, intentando hacer crecer mis empresas. Me va bastante bien.
-No
me extraña, también eres un tipo inteligente e intuitivo. Siempre se aprende
algo conversando contigo –lanza su indirecta provechosa.
-Obviamente
parlotear contigo es un deleite. Me gustaría hacerlo en vivo y en directo.
¿Puedo invitarte un café? ¿qué te parece?
-Sí,
invítame. Será todo un agrado –acepta de inmediato, sin volteretas.
-¿Qué
te parece en “La Gaita”,
mañana viernes a las cuatro de la tarde?
-Ahí
estaré mañana, a la cuatro –lo expresa en estado de pánico.
Ella
pasó la noche del jueves entre el miedo y la sensualidad, entre un romanticismo
insensato y la lujuria, entre el pecado y el placer carnal. Si alguien se
entera de un desliz de la señora Isidora sería un cataclismo. Ella le temía más
al descrédito que a una eventual infidelidad. Se acicaló adecuadamente y fue
puntual. Faustino, era un hombre de familia con reiteradas aventuras
extramaritales. Era rico, joven, guapo y simpático, y le llegaban ofrecimientos
femeninos de todos lados, y aceptaba algunos, en la hora de almuerzo. Ya no era
el joven que Isidora conoció, definitivamente. Eso sí, amaba a su esposa
Trinidad sin vacilaciones, sin soliloquios. Él la esperaba sentado desde hace
quince minutos. Pidió un lugar más reservado en la vieja “Gaita”. Ella aparece,
relumbrante.
-Hola
Isidora, te ves estupenda como siempre.
-Hola
Faustino, te ves como el galán que eres.
-Ya
no, he subido unos kilos, a pesar del tenis.
Hablaron
de todo lo cotidiano, de sus penas, por cincuenta minutos, e Isidora no podía
disimular su amor, su apetito o lo que fuera. Faustino, de tanto acercársele le
dio un beso que la elevó a las nubes. Ella le respondió con una fogosidad desbocada
que terminó en un motel discreto y elegante que él conocía muy bien. Ella entre
tanto manoseo y pasión derramó algunas lágrimas insignificantes, como si fuera
una joven enamorada tonta. Ya no la torturaba ninguna almohada estúpida. Él no
iba a desperdiciar el acariciar e intimar con una mujer hermosa, aunque a ella le
vinieran reminiscencias juveniles. Ella era un cráter que explosionó a gusto y
con descaro. Rejuveneció, carcajeaba sola. Tomando las máximas medidas de
seguridad se empezaron a visitar casi todos los viernes después del almuerzo, con
juegos eróticos, risas y tragos. Ella lo desvestía, lo acorralaba en el baño,
lo manoseaba con frenesí y no se le despegaba. A los tres meses deciden sólo
conversar, resumir. Es que afuera de la ventana del hotel también había una
bulliciosa marcha, que les perforó el ardor, de ciudadanos que ponían su grito
en el cielo por los ampulosos abusos de la salud y previsión privadas, las
famosas Isapres y AFPs. Y se sentían algo desganados.
-¿Te
acuerdas todo lo que me amaste? –lo dice moviendo las pestañas.
-Sí,
yo me habría casado contigo de inmediato. Te adoraba.
-Si
me hubieses secuestrado, yo me voy contigo al extranjero o a donde sea, te lo
juro, y hoy seríamos felices.
-Isidora,
te repito que eso habría sido una humillación para tus padres.
-Mis
padres fueron los que me doblegaron, los que me condenaron a la desdicha. Me
vieron como una inversión a largo plazo y nada más. Yo era un activo.
-No
condenes a tus padres, ellos actuaron con la racionalidad del caso.
-Faustino,
¿me amas todavía?
-Isi,
de que hablas, eso ocurrió hace tanto tiempo.
-¿Te
queda un poquito de ese amor juvenil?
-De
nuestro pololeo guardo los mejores recuerdos, de todo lo que te idolatraba.
-¿Me
amas un poquito hoy? –es una pregunta algo bochornosa.
-No
me pongas en esa encrucijada. Yo amo incondicionalmente a mi esposa Trinidad,
lo sabes.
-Entonces
para ti soy una amante ocasional más, la perra de turno.
-Por
favor, no dramatices todo, no te deprimas tan fácilmente, no te expreses de esa
forma. Me alegra el haber pololeado contigo y me alegra el estar en la cama
contigo. Eres peligrosamente ardiente. Sí, casado contigo habría sido dichoso,
mas eso no sucedió.
-No
solo te entrego mi trasero, también me entrego yo. ¿Comprendes mi lío
existencial y emocional? De ahí viene el fuego. Una pregunta teórica: ¿Te
arrancarías conmigo a un nuevo país mañana?
-Isidora,
deja las cosas en su sitio y tranquilízate. Yo amo a Trinidad y jamás me voy a
divorciar de ella, jamás. Disculpa mi sinceridad.
-Parece
que fuiste bendecido con una buena esposa.
-
La Trini es
espectacular, un tesoro –Faustino anhelaba empezar a desmarcarse de la
insistente Isidora.
-Entonces
soy para ti una amante temporal, y sólo eso. Que triste es saberlo, que poco
valgo.
-Por
favor, no lo plantees así. Me agradó verte, posees también un cuerpo soñado.
-Yo
quería que mi cuerpo soñado fuera tuyo toda la vida. Dime ¿por qué esa gente de
allá afuera alega tanto? – Isi cambia de tema bruscamente, y entra en el área
financiera en donde él es un experto, porque notó el agotamiento de Faustino,
ante tanta necedad y presión femenina.
-Tampoco
están conformes en democracia. Pretenden reformar la previsión y la salud en
Chile y más.
-En
mi casa se crearon las AFP, creo.
-Don
Benjamín fue uno de los estratégicos gestores de las privatizaciones de las
empresas públicas, de las AFP e Isapres. En cierta manera el modelo neoliberal
se diseñó en casas como la tuya, al menos una parte. Si hoy existe una
constitución política partidaria, impuestos bajos, una legislación laboral flexible,
una escasa fiscalización del Estado, es gracias a hombres visionarios como tu
gran padre. La economía de la patria crece a buen ritmo. Sólo les faltó
privatizar el banco central jajaja.
-A
mi casa iban ministros, subsecretarios, directores, obispos y todos.
-Toda
la elite conoce y respeta a tu papá.
-Espero
que el congreso no fastidie mucho. Me aburren sus discursos.
-No
te preocupes, el congreso está en el bolsillo de la elite –lo dice sin
arrugarse.
-Y
tanta protesta no es un tropiezo?
-Es
parte del juego, déjalos que griten, nunca se satisfacen. La Moneda es razonable, no va
a permitir que el despelote se generalice. Todo está bajo control y Chile
continúa progresando. La cabaña del tío Tom está establecida y limpia y los
barracones no se van a sublevar. Aprendieron a apreciar el crecer con paz y
orden. El galeote es sumiso, con algunas excepciones. Que cada uno ocupe su
lugar –sonríe socarronamente.
-Sabías
que la fortuna de los Gabillón posee un pasado algo truculento –bromea un poco,
relajándose, con un vaso de champagne en la mano.
-Disculpa
Isidora, esas son tonterías. Todo patrimonio y familia poseen sus manchas, su
pasado. Los inmaculados no existen. No escuches a los envidiosos. Don Benjamín
es un triunfador y punto, un adelantado. Además, el banquero que juega limpio
quiebra.
-Hablas
como mi padre. Debiste ser mi esposo.
-Yo
respeto y aprecio a tu padre, y tengo una maravillosa esposa. Lo correcto es
que no nos veamos por un tiempo, disculpa –está cansado del romanticismo
impropio de Isidora.
-Ahora
quieres deshacerte de tu perra ocasional –su depresión es evidente.
-Otra
vez con lo mismo –levanta la voz-. Cada uno posee su vida y responsabilidades.
Lo nuestro por ahora se termina, lo siento. Tal vez no veamos en otra
oportunidad –él necesita un desahogo, se lo dice con cariño y la voz baja. Isi
dejó de ser divertida.
-Lo
acepto, lo acepto, lo acepto, no te rogaré más. Está bien, nos vemos. Cuando
escuches nuestra canción italiana acuérdate de mí, por favor. Es lo único que
te pido –ella desiste, se rinde, al fin.
-Eso
haré, te lo prometo –le responde aliviado, y con un beso sin sabor se despiden.
Isidora
perdía por segunda vez al que consideraba el amor de su vida. Lo tenía todo
desde que usaba pañales y busco en su juventud la forma de casarse con su
vecino amado, mas el destino le preparó a su corazón de mujer un camino
doloroso e irreversible. Tontamente creyó que viviría o reviviría esa magia
adolescente en un motel, al menos fraccionadamente, con un hombre guapo y
responsable que estaba dichosamente casado, y se volvió a equivocar. La dura
realidad la visitaba nuevamente y ella pensaba que su corazón era un mártir.
Por motivos distintos a los de la canción “Una lacrima sul viso” –una lágrima
en el rostro-, una lágrima rebelde recorría su rostro, con los puños apretados,
encerrada en su baño privado, escuchando su nuevo himno secreto y demasiado
popular, de gente humilde: “Sombras nada más”, de Javier Solís. Todo mal otra
vez, a ella nada le sale bien. Los caprichos de las poderosas también sufren
derrotas. Al principio fue Faustino quien le rogó que se acordara de él
mediante la canción italiana, ahora es exactamente al revés, siete años
después. La ironía juega su papel determinante en la historia, sin avisarle a
nadie.
FIN.
Del
blog índice “LAS SOTANAS DE SATÁN”
http://lassotanasdesatan.blogspot.com
Todos mis cuentos en un solo blog
http://antologiacuentos.blogspot.com
JAIME FARIÑA MORALES
ARICA-CHILE